La tercera planta siempre estaba vacía a esa hora. Era mi momento preferido del turno: los pasillos silenciosos, las alfombras amortiguando cada paso y ese olor a café viejo que flotaba en el aire como un fantasma cansado. Había aprendido a disfrutar de aquellos instantes de soledad, cuando el resto del mundo parecía detenido y uno podía fingir, aunque solo fuera durante unos minutos, que el edificio no existía del todo. Aquella noche, sin embargo, había algo distinto. Lo noté apenas salí del ascensor. Un zumbido bajo, constante, venía de la zona de copiado. No era raro que alguna máquina quedara encendida, pero ese sonido era diferente. No parecía el de una máquina olvidada, sino el de algo despierto: un latido mecánico, un ronroneo contenido. Empujé la puerta. Allí estaba la fotocopiadora más grande de la oficina, con el panel iluminado, la bandeja de salida a medio llenar y un sobre encima, marcado con letras rojas que parecían más una advertencia que una etiqueta: CLASIFI...
—¡Hola!… Tantos años. ¿Cómo estás? —dijo Eloísa, con una sonrisa que le salió antes de saber si quería sonreír. —Muy bien. Se te ve fantástica —respondió Julio, observándola más de la cuenta, como si buscara algo que se le escapaba. —No hagas bromas… —rio ella—. Llevas más de treinta años sin verme. Es un milagro que me hayas reconocido. —Estás igual. Alguna arruguita… de esas que cuentan cosas —añadió él—. Te sientan bien. Eloísa bajó la mirada un instante. —Y tú… —dijo, midiendo las palabras—. Has cambiado menos de lo que dices. —¿Sí? —sonrió Julio—. Pues yo no me reconocería. —Yo sí —respondió ella—. Te he visto en alguna foto… Es lo que tiene exponerse demasiado. Hubo un silencio breve. Incómodo. O quizá lleno. —Me parece increíble encontrarte aquí —dijo Julio, intentando espantar el silencio con cualquier frase. —¿Por qué? —respondió Eloísa, con una media sonrisa—. Todos nuestros encuentros fueron por aquí… El colegio, el club… y nuestras escapadas. —Ot...