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Entradas

Ignacio

  La traición amenazaba con hacer saltar por los aires uno de los proyectos más importantes de nuestro futuro. Lo peor no era el dinero. Lo peor era que tenía que sentarme delante de Ignacio y Raúl para explicarles que el hombre que nos había presentado para constituir la joint venture , el nexo que había unido a las dos partes y que aspiraba a convertirse en socio de la futura empresa, me había robado. No sabía cómo abordar aquella conversación. Ellos tenían invertidos cincuenta millones de pesetas en mercancía. Yo sabía cómo venderla; ellos sabían cómo financiarla e importarla. Hasta ese momento todo había funcionado. Pero la confianza acababa de recibir un misil en la línea de flotación. ¿Cómo les explicaba que la persona que nos había unido era precisamente quien acababa de romperlo todo? —Ignacio, Raúl, tengo malas noticias. Lo solté así, sin previo aviso y con el mejor talante que fui capaz de reunir. Quizá no estaba teniendo suficientemente en cuenta que el...
Entradas recientes

Tilcara ( Continuación de un tipo complicado)

  Esa misma noche tomé un avión a Salta. Tenía previsto visitar algunas bodegas de Cafayate, pero la verdad era otra: no quería pasar mi cumpleaños solo en Buenos Aires. Además, el treinta de mayo tenía para mí una tradición difícil de romper. Aquella vez los toros quedarían postergados. Llegué a Salta entrada la noche y dormí allí. Había alquilado un coche y decidido pasar mi cumpleaños en algún lugar de la Quebrada de Humahuaca. Sin pensarlo demasiado, elegí Tilcara. El disgusto de la reunión del día anterior seguía acompañándome cuando salí temprano de Salta rumbo al norte. Poco antes de llegar a Purmamarca encontré la Ruta 9 cortada. Era el paso obligado hacia Bolivia y el tráfico comenzaba a acumularse a ambos lados del bloqueo. Detuve el coche y me acerqué a un policía. —¿Qué ocurre, agente? —Los maestros del colegio Pedro de Goyena cortaron la ruta. —¿Y por qué? —Están reclamando algo al gobierno. No sabría decirle exactamente qué. Volví al coche. Duran...

Un tipo complicado

  La Salamandra, una empresa conocida por sus dulces de leche y productos gourmet, acababa de comprar Andyson, nuestro principal proveedor y propietario de la marca La Paila, de la que éramos importadores exclusivos para España desde hacía más de diez años. La operación me desconcertó. La Salamandra era solo una pequeña pieza dentro de un grupo empresarial enorme. Participaban en negocios que iban desde centrales hidroeléctricas hasta proyectos tecnológicos en Inglaterra para desarrollar motores alternativos a la combustión tradicional. Por eso resultaba difícil entender qué interés podían tener en una fábrica relativamente pequeña como Andyson. Sin embargo, para nosotros no era una empresa menor. La Paila representaba cerca del treinta por ciento de nuestra facturación. No era una noticia para analizar con calma. Era una noticia para subirse a un avión. —María, por favor, llámalos y organiza una reunión con ellos. Viajo a Buenos Aires. —¿Ahora? ¿No es la semana d...

Javier

  Javier Gila fue campeón de España de Sommeliers y trabajó en lugares como el Hotel Ritz o Lavinia, durante años la tienda de vinos más importante de España y quizás de Europa. Lo invité a visitar las bodegas de Mendoza con motivo del festejo de los 125 años de Trapiche. También me acompañaban en el viaje tres clientes de la cadena de restaurantes El Rancho Argentino y dos compañeras de la empresa: una especialista en vinos que habíamos contratado para las catas en los restaurantes y la formación de nuestros comerciales en España, y María, nuestra delegada en Argentina para coordinar con las empresas exportadoras y las navieras. Una buena delegación. Un esfuerzo que hacíamos para convertirnos en los importadores en España líderes de vinos y otros productos de Argentina. Para entonces ya no había ninguna duda de que lo éramos. El mundo del vino es glamuroso. Paramos en el mejor hotel de Mendoza, la bodega tiraba la casa por la ventana en aquella fiesta y corría con todos los ga...

El gran reset

  La tercera planta siempre estaba vacía a esa hora. Era mi momento preferido del turno: los pasillos silenciosos, las alfombras amortiguando cada paso y ese olor a café viejo que flotaba en el aire como un fantasma cansado. Había aprendido a disfrutar de aquellos instantes de soledad, cuando el resto del mundo parecía detenido y uno podía fingir, aunque solo fuera durante unos minutos, que el edificio no existía del todo. Aquella noche, sin embargo, había algo distinto. Lo noté apenas salí del ascensor. Un zumbido bajo, constante, venía de la zona de copiado. No era raro que alguna máquina quedara encendida, pero ese sonido era diferente. No parecía el de una máquina olvidada, sino el de algo despierto: un latido mecánico, un ronroneo contenido. Empujé la puerta. Allí estaba la fotocopiadora más grande de la oficina, con el panel iluminado, la bandeja de salida a medio llenar y un sobre encima, marcado con letras rojas que parecían más una advertencia que una etiqueta: CLASIFI...