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Entradas

Un tipo complicado

  La Salamandra, una empresa conocida por sus dulces de leche y productos gourmet, acababa de comprar Andyson, nuestro principal proveedor y propietario de la marca La Paila, de la que éramos importadores exclusivos para España desde hacía más de diez años. La operación me desconcertó. La Salamandra era solo una pequeña pieza dentro de un grupo empresarial enorme. Participaban en negocios que iban desde centrales hidroeléctricas hasta proyectos tecnológicos en Inglaterra para desarrollar motores alternativos a la combustión tradicional. Por eso resultaba difícil entender qué interés podían tener en una fábrica relativamente pequeña como Andyson. Sin embargo, para nosotros no era una empresa menor. La Paila representaba cerca del treinta por ciento de nuestra facturación. No era una noticia para analizar con calma. Era una noticia para subirse a un avión. —María, por favor, llámalos y organiza una reunión con ellos. Viajo a Buenos Aires. —¿Ahora? ¿No es la semana d...
Entradas recientes

Javier

  Javier Gila fue campeón de España de Sommeliers y trabajó en lugares como el Hotel Ritz o Lavinia, durante años la tienda de vinos más importante de España y quizás de Europa. Lo invité a visitar las bodegas de Mendoza con motivo del festejo de los 125 años de Trapiche. También me acompañaban en el viaje tres clientes de la cadena de restaurantes El Rancho Argentino y dos compañeras de la empresa: una especialista en vinos que habíamos contratado para las catas en los restaurantes y la formación de nuestros comerciales en España, y María, nuestra delegada en Argentina para coordinar con las empresas exportadoras y las navieras. Una buena delegación. Un esfuerzo que hacíamos para convertirnos en los importadores en España líderes de vinos y otros productos de Argentina. Para entonces ya no había ninguna duda de que lo éramos. El mundo del vino es glamuroso. Paramos en el mejor hotel de Mendoza, la bodega tiraba la casa por la ventana en aquella fiesta y corría con todos los ga...

El gran reset

  La tercera planta siempre estaba vacía a esa hora. Era mi momento preferido del turno: los pasillos silenciosos, las alfombras amortiguando cada paso y ese olor a café viejo que flotaba en el aire como un fantasma cansado. Había aprendido a disfrutar de aquellos instantes de soledad, cuando el resto del mundo parecía detenido y uno podía fingir, aunque solo fuera durante unos minutos, que el edificio no existía del todo. Aquella noche, sin embargo, había algo distinto. Lo noté apenas salí del ascensor. Un zumbido bajo, constante, venía de la zona de copiado. No era raro que alguna máquina quedara encendida, pero ese sonido era diferente. No parecía el de una máquina olvidada, sino el de algo despierto: un latido mecánico, un ronroneo contenido. Empujé la puerta. Allí estaba la fotocopiadora más grande de la oficina, con el panel iluminado, la bandeja de salida a medio llenar y un sobre encima, marcado con letras rojas que parecían más una advertencia que una etiqueta: CLASIFI...

Eloísa

  —¡Hola!… Tantos años. ¿Cómo estás? —dijo Eloísa, con una sonrisa que le salió antes de saber si quería sonreír. —Muy bien. Se te ve fantástica —respondió Julio, observándola más de la cuenta, como si buscara algo que se le escapaba. —No hagas bromas… —rio ella—. Llevas más de treinta años sin verme. Es un milagro que me hayas reconocido. —Estás igual. Alguna arruguita… de esas que cuentan cosas —añadió él—. Te sientan bien. Eloísa bajó la mirada un instante. —Y tú… —dijo, midiendo las palabras—. Has cambiado menos de lo que dices. —¿Sí? —sonrió Julio—. Pues yo no me reconocería. —Yo sí —respondió ella—. Te he visto en alguna foto… Es lo que tiene exponerse demasiado. Hubo un silencio breve. Incómodo. O quizá lleno. —Me parece increíble encontrarte aquí —dijo Julio, intentando espantar el silencio con cualquier frase. —¿Por qué? —respondió Eloísa, con una media sonrisa—. Todos nuestros encuentros fueron por aquí… El colegio, el club… y nuestras escapadas. —Ot...

Bartolomé Cáceres

    Bartolomé Cáceres   Bartolomé Cáceres llevaba horas sentado en un banco de la estación de ferrocarril. —Aquel del pantalón azul, no. El del sombrero, tampoco. Esos niños que van con la señora mulata, sí. La señora también. Lo decía en voz baja, casi para sí, sin apartar los ojos del ir y venir de los viajeros. La estación, construida por los ingleses en el siglo XIX, conservaba esa elegancia solemne que parece resistirse al paso del tiempo. Había en sus lámparas, en los bancos de hierro, en los detalles de las molduras, una extraña mezcla de sobriedad británica y exuberancia local. Era demasiado edificio para tan pocos trenes. Apenas pasaba uno por hora.     Bartolomé había estado allí innumerables veces, pero aquella mañana no miraba la arquitectura. Ni las lámparas, ni los adornos, ni los muebles. Toda su atención se centraba en los viajeros que transitaban por allí esperando el próximo tren. Yo estaba lo bastante cerca para oír su ...