Yo maté a Archimedes A Archimedes no lo mataron los romanos. Lo maté yo. Estaba allí cuando ocurrió, y desde entonces no he vuelto a dormir en paz. Imagen 1 I – La Ortigia y las máquinas El sol caía sobre Siracusa como un martillo de bronce. Las piedras del muelle ardían y hasta las gaviotas parecían tener sed. Yo había pasado la noche en el termopolio de Filón, bebiendo vino resinoso y escuchando a los marineros exagerar sus hazañas. El aire olía a aceite rancio, a pescado pasado y a esa mezcla de especias que solo en Sicilia sabe a casa y a guerra al mismo tiempo. Caminaba hacia el agua para despejarme la cabeza cuando lo vi. Entre los mástiles y las redes colgantes, Archimedes estaba allí, con la túnica recogida y la voz cortando el aire, más parecido a un general que al hombre de estudio que todos creían conocer. —¡No, no, no! —tronó—. Esa viga va allí, no aquí. Si el brazo no se alinea con el eje, cuando sueltes la cuerda, reventará y nos matará a nosotros antes que al cónsul...
Rojito me había llamado un año antes del evento. —Oscarcito, el año que viene vamos a ir a Canarias a jugar un torneo de fútbol de veteranos. Eduardo Rojo es de los pocos que no me llaman Negro. Él siempre me llama por mi nombre o por algún diminutivo. —¿Quiénes van a venir? Me sorprendió que hubiera conseguido mi teléfono móvil. Por aquella época no éramos muchos los que teníamos uno. —Es el equipo del colegio, aunque un poquito reforzado, eso sí. Muchos ya no juegan tanto. —¿Los dos cursos? —pregunté. —Sí, los del A y los del B. En realidad, del A solo van Adrián y el Chueco. Y del B, Manuel, el Loco —que viene desde Río Gallegos—, un amigo suyo, Sergio, que no va a jugar, pero viene igual, y vos. Los demás no los conoces. También viene el Gato Andrada, que vive en Las Palmas desde que atajó allí. Va a ser el arquero, así que no llevamos ninguno desde aquí. —No sé si Manuel va a querer jugar si hay un arquero que fue de Rosario Central. Nos reímos los dos y le...