Yo maté a Archimedes A Arquímedes no lo mataron los romanos. Lo maté yo. Estaba allí cuando ocurrió, y desde entonces no he vuelto a dormir en paz. I – La Ortigia y las máquinas El sol caía sobre Siracusa como un martillo de bronce. Las piedras del muelle ardían y hasta las gaviotas parecían tener sed. Yo había pasado la noche en el termopolio de Filón, bebiendo vino resinoso y escuchando a los marineros exagerar sus hazañas. El aire olía a aceite rancio, a pescado pasado y a esa mezcla de especias que solo en Sicilia sabe a casa y a guerra al mismo tiempo. Caminaba hacia el agua para despejarme la cabeza cuando lo vi. Entre los mástiles y las redes colgantes, Archimedes estaba allí. No como el sabio distraído que trazaba círculos en la arena, sino con la túnica recogida y la voz cortando el aire, más parecido a un general que al hombre de estudio que todos creían conocer. —¡No, no, no! —tronó—. Esa viga va allí, no aquí. Si el brazo no se alinea con el eje, cuando sue...
—¡Hola!… Tantos años. ¿Cómo estás? —dijo Eloísa, con una sonrisa que le salió antes de saber si quería sonreír. —Muy bien. Se te ve fantástica —respondió Julio, observándola más de la cuenta, como si buscara algo que se le escapaba. —No hagas bromas… —rio ella—. Llevas más de treinta años sin verme. Es un milagro que me hayas reconocido. —Estás igual. Alguna arruguita… de esas que cuentan cosas —añadió él—. Te sientan bien. Eloísa bajó la mirada un instante. —Y tú… —dijo, midiendo las palabras—. Has cambiado menos de lo que dices. —¿Sí? —sonrió Julio—. Pues yo no me reconocería. —Yo sí —respondió ella—. Te he visto en alguna foto… Es lo que tiene exponerse demasiado. Hubo un silencio breve. Incómodo. O quizá lleno. —Me parece increíble encontrarte aquí —dijo Julio, intentando espantar el silencio con cualquier frase. —¿Por qué? —respondió Eloísa, con una media sonrisa—. Todos nuestros encuentros fueron por aquí… El colegio, el club… y nuestras escapadas. —Ot...