—¿Por qué Marcelo y no yo? —preguntó Adrián. —Es lo mejor. —No lo entiendo. Conozco la temática y el lugar mejor que nadie. Y usted lo sabe perfectamente. —Justamente, Adrián. Para ti este tema es casi una religión. Necesito una mirada menos contaminada. Adrián reprimió la ira. La frustración, y también el orgullo herido, se le transparentaban en la mirada. El jefe, incómodo ante aquel disgusto tan visible, trató de suavizar la situación con una decisión salomónica. —Puedes acompañarlo, si me prometes que será su voz, y no la tuya, la del reportaje. Adrián asintió, apretando los labios. Aceptó su papel secundario, aunque por dentro le escociera. Los años setenta llegaban a su fin. El rock nacional aún lloraba la desaparición de Sui Generis, mientras que, en el panorama internacional, Queen ya había desplazado a grupos más ásperos y rockeros. Los medios vomitaban una oleada de luces en los cielos y apariciones misteriosas en el Valle de Punilla. La ...
Bartolomé Cáceres Bartolomé Cáceres llevaba horas sentado en un banco de la estación de ferrocarril. —Aquel del pantalón azul, no. El del sombrero, tampoco. Esos niños que van con la señora mulata, sí. La señora también. Lo decía en voz baja, casi para sí, sin apartar los ojos del ir y venir de los viajeros. La estación, construida por los ingleses en el siglo XIX, conservaba esa elegancia solemne que parece resistirse al paso del tiempo. Había en sus lámparas, en los bancos de hierro, en los detalles de las molduras, una extraña mezcla de sobriedad británica y exuberancia local. Era demasiado edificio para tan pocos trenes. Apenas pasaba uno por hora. Bartolomé había estado allí innumerables veces, pero aquella mañana no miraba la arquitectura. Ni las lámparas, ni los adornos, ni los muebles. Toda su atención se centraba en los viajeros que transitaban por allí esperando el próximo tren. Yo estaba lo bastante cerca para oír su ...