Rojito me había llamado un año antes del evento. —Oscarcito, el año que viene vamos a ir a Canarias a jugar un torneo de fútbol de veteranos. Eduardo Rojo es de los pocos que no me llaman Negro. Él siempre me llama por mi nombre o por algún diminutivo. —¿Quiénes van a venir? Me sorprendió que hubiera conseguido mi teléfono móvil. Por aquella época no éramos muchos los que teníamos uno. —Es el equipo del colegio, aunque un poquito reforzado, eso sí. Muchos ya no juegan tanto. —¿Los dos cursos? —pregunté. —Sí, los del A y los del B. En realidad, del A solo van Adrián y el Chueco. Y del B, Manuel, el Loco —que viene desde Río Gallegos—, un amigo suyo, Sergio, que no va a jugar, pero viene igual, y vos. Los demás no los conoces. También viene el Gato Andrada, que vive en Las Palmas desde que atajó allí. Va a ser el arquero, así que no llevamos ninguno desde aquí. —No sé si Manuel va a querer jugar si hay un arquero que fue de Rosario Central. Nos reímos los dos y le...
La traición amenazaba con hacer saltar por los aires uno de los proyectos más importantes de nuestro futuro. Lo peor no era el dinero. Lo peor era que tenía que sentarme delante de Ignacio y Raúl para explicarles que el hombre que nos había presentado para constituir la joint venture , el nexo que había unido a las dos partes, y que aspiraba a convertirse en socio de la futura empresa me había robado. No sabía cómo abordar aquella conversación. Ellos tenían invertidos cincuenta millones de pesetas en mercancía. Yo sabía cómo venderla; ellos sabían cómo financiarla e importarla. Hasta ese momento todo había funcionado. Pero la confianza acababa de recibir un misil en la línea de flotación. ¿Cómo les explicaba que la persona que nos había unido era precisamente quien acababa de romperlo todo? —Ignacio, Raúl, tengo malas noticias. Lo solté así, sin previo aviso y con el mejor talante que fui capaz de reunir. Quizá no estaba teniendo suficientemente en cuenta que el...