—¿Por qué Marcelo y no yo? —preguntó Adrián. —Es lo mejor. —No lo entiendo. Conozco la temática y el lugar mejor que nadie. Y usted lo sabe perfectamente. —Justamente, Adrián. Para ti este tema es casi una religión. Necesito una mirada menos contaminada. Adrián reprimió la ira. La frustración, y también el orgullo herido, se le transparentaban en la mirada. El jefe, incómodo ante aquel disgusto tan visible, trató de suavizar la situación con una decisión salomónica. —Puedes acompañarlo, si me prometes que será su voz, y no la tuya, la del reportaje. Adrián asintió, apretando los labios. Aceptó su papel secundario, aunque por dentro le escociera. Los años setenta llegaban a su fin. El rock nacional aún lloraba la desaparición de Sui Generis, mientras que, en el panorama internacional, Queen ya había desplazado a grupos más ásperos y rockeros. Los medios vomitaban una oleada de luces en los cielos y apariciones misteriosas en el Valle de Punilla. La ...
El amortizado Ese atardecer el sol había tardado más en caer y el cielo se teñía de un rojo casi sangriento. Era un preludio de la desgracia que llegaría con la luna llena. No como una casualidad, ni por influencia del astro, sino como un rito organizado. Nada de lo que hacían era casual: cada símbolo, cada fecha, era cuidadosamente elegido. El hasta hacía unas semanas jefe absoluto del gobierno se mostraba silencioso y taciturno entre los más íntimos. Sus apariciones públicas, desde hacía tiempo, habían menguado hasta casi desaparecer. Su actividad con los ministros, cada cual más incapaz, se diluía. Su influencia en las decisiones importantes era cosa del pasado, aunque en realidad, más que decidir, siempre había obedecido los lineamientos. Pero él se había creído el rol; durante años se creyó intocable. Incluso poderoso, mientras amontonaba dólares en cuentas corrientes. Hoy, mágicamente, ese dinero se había esfumado. En los edificios estatale...