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Huemul

 Huemul Hay ideas que sobreviven a los hombres. Y hay hombres que pagan por no olvidarlas. Walt Disney Marzo de 1951. Florencio me convocó a una reunión en un café de la Recoleta, frente al cementerio. Mientras lo esperaba, veía pasar a las personas con sus ramos de flores. Eso me hizo pensar en la muerte. Desde que me sentía en riesgo era un pensamiento que me visitaba con más frecuencia. Yo lo conocía de algunos eventos culturales, pero no teníamos una relación estrecha, solo protocolaria. —Mario, no sé cómo contarte esto, pero por esas cosas del destino, un simple dibujante como yo está envuelto en un conflicto internacional, sin quererlo… Florencio dejó la frase flotando en el aire, como si al no terminarla del todo pudiera desactivarla. Miró la mesa, la veta de la madera, cualquier cosa menos a mí. No respondí de inmediato. Me quité las gafas, las apoyé con cuidado exagerado y suspiré. —¿Conflicto internacional? —dije, sin ironía—. La última vez que alguien me dijo algo pareci...
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Yo mate a Archimedes

 Yo maté a Archimedes A Archimedes no lo mataron los romanos. Lo maté yo. Estaba allí cuando ocurrió, y desde entonces no he vuelto a dormir en paz. Imagen 1 I – La Ortigia y las máquinas El sol caía sobre Siracusa como un martillo de bronce. Las piedras del muelle ardían y hasta las gaviotas parecían tener sed. Yo había pasado la noche en el termopolio de Filón, bebiendo vino resinoso y escuchando a los marineros exagerar sus hazañas. El aire olía a aceite rancio, a pescado pasado y a esa mezcla de especias que solo en Sicilia sabe a casa y a guerra al mismo tiempo. Caminaba hacia el agua para despejarme la cabeza cuando lo vi. Entre los mástiles y las redes colgantes, Archimedes estaba allí, con la túnica recogida y la voz cortando el aire, más parecido a un general que al hombre de estudio que todos creían conocer. —¡No, no, no! —tronó—. Esa viga va allí, no aquí. Si el brazo no se alinea con el eje, cuando sueltes la cuerda, reventará y nos matará a nosotros antes que al cónsul...

Mundial de veteranos

  Rojito me había llamado un año antes del evento. —Oscarcito, el año que viene vamos a ir a Canarias a jugar un torneo de fútbol de veteranos. Eduardo Rojo es de los pocos que no me llaman Negro. Él siempre me llama por mi nombre o por algún diminutivo. —¿Quiénes van a venir? Me sorprendió que hubiera conseguido mi teléfono móvil. Por aquella época no éramos muchos los que teníamos uno. —Es el equipo del colegio, aunque un poquito reforzado, eso sí. Muchos ya no juegan tanto. —¿Los dos cursos? —pregunté. —Sí, los del A y los del B. En realidad, del A solo van Adrián y el Chueco. Y del B, Manuel, el Loco —que viene desde Río Gallegos—, un amigo suyo, Sergio, que no va a jugar, pero viene igual, y vos. Los demás no los conoces. También viene el Gato Andrada, que vive en Las Palmas desde que atajó allí. Va a ser el arquero, así que no llevamos ninguno desde aquí. —No sé si Manuel va a querer jugar si hay un arquero que fue de Rosario Central. Nos reímos los dos y le...

Ignacio

  La traición amenazaba con hacer saltar por los aires uno de los proyectos más importantes de nuestro futuro. Lo peor no era el dinero. Lo peor era que tenía que sentarme delante de Ignacio y Raúl para explicarles que el hombre que nos había presentado para constituir la joint venture , el nexo que había unido a las dos partes, y que aspiraba a convertirse en socio de la futura empresa me había robado. No sabía cómo abordar aquella conversación. Ellos tenían invertidos cincuenta millones de pesetas en mercancía. Yo sabía cómo venderla; ellos sabían cómo financiarla e importarla. Hasta ese momento todo había funcionado. Pero la confianza acababa de recibir un misil en la línea de flotación. ¿Cómo les explicaba que la persona que nos había unido era precisamente quien acababa de romperlo todo? —Ignacio, Raúl, tengo malas noticias. Lo solté así, sin previo aviso y con el mejor talante que fui capaz de reunir. Quizá no estaba teniendo suficientemente en cuenta que el...

Tilcara ( Continuación de un tipo complicado)

  Esa misma noche tomé un avión a Salta. Tenía previsto visitar algunas bodegas de Cafayate, pero la verdad era otra: no quería pasar mi cumpleaños solo en Buenos Aires. Además, el treinta de mayo tenía para mí una tradición difícil de romper. Aquella vez los toros quedarían postergados. Llegué a Salta entrada la noche y dormí allí. Había alquilado un coche y decidido pasar mi cumpleaños en algún lugar de la Quebrada de Humahuaca. Sin pensarlo demasiado, elegí Tilcara. El disgusto de la reunión del día anterior seguía acompañándome cuando salí temprano de Salta rumbo al norte. Poco antes de llegar a Purmamarca encontré la Ruta 9 cortada. Era el paso obligado hacia Bolivia y el tráfico comenzaba a acumularse a ambos lados del bloqueo. Detuve el coche y me acerqué a un policía. —¿Qué ocurre, agente? —Los maestros del colegio Pedro de Goyena cortaron la ruta. —¿Y por qué? —Están reclamando algo al gobierno. No sabría decirle exactamente qué. Volví al coche. Duran...