Archimedes y la defensa de Siracusa Capítulo I – El puerto y la garra El sol caía sobre Siracusa como un martillo de bronce. Las piedras del muelle ardían, y hasta las gaviotas parecían tener sed. Yo había pasado la noche en el termopolio de Filón, empapando el gaznate con vino resinoso y escuchando a los marineros exagerar sus hazañas. El aire olía a aceite rancio, pescado viejo y a esa mezcla de especias que sólo en Sicilia sabe a casa y a guerra al mismo tiempo. Caminaba hacia el agua para despejar la cabeza cuando lo vi. Entre los mástiles y las redes colgantes, Archimedes estaba allí, no como el filósofo distraído que garabateaba círculos en la arena, sino como un general romano —ironía amarga—, con la túnica recogida y la voz cortando el aire. —¡No, no, no! —tronó—. Esa viga va allí, no aquí. Si el brazo no se alinea con el eje, cuando sueltes la cuerda reventará y nos matará a todos antes de que lo haga el cónsul. ¡Tú! —me señaló sin mirarme—. Sí, tú, ...