—¡Hola!… Tantos años. ¿Cómo estás? —dijo Eloísa, con una sonrisa que le salió antes de saber si quería sonreír. —Muy bien. Se te ve fantástica —respondió Julio, observándola más de la cuenta, como si buscara algo que se le escapaba. —No hagas bromas… —rio ella—. Llevas más de treinta años sin verme. Es un milagro que me hayas reconocido. —Estás igual. Alguna arruguita… de esas que cuentan cosas —añadió él—. Te sientan bien. Eloísa bajó la mirada un instante. —Y tú… —dijo, midiendo las palabras—. Has cambiado menos de lo que dices. —¿Sí? —sonrió Julio—. Pues yo no me reconocería. —Yo sí —respondió ella—. Te he visto en alguna foto… Es lo que tiene exponerse demasiado. Hubo un silencio breve. Incómodo. O quizá lleno. —Me parece increíble encontrarte aquí —dijo Julio, intentando espantar el silencio con cualquier frase. —¿Por qué? —respondió Eloísa, con una media sonrisa—. Todos nuestros encuentros fueron por aquí… El colegio, el club… y nuestras escapadas. —Ot...