—¡Hola!… Tantos años. ¿Cómo estás? —dijo Eloísa, con una sonrisa que le
salió antes de saber si quería sonreír.
—Muy bien. Se te ve fantástica —respondió Julio, observándola más de la
cuenta, como si buscara algo que se le escapaba.
—No hagas bromas… —rio ella—. Llevas más de treinta años sin verme. Es un
milagro que me hayas reconocido.
—Estás igual. Alguna arruguita… de esas que cuentan cosas —añadió él—. Te
sientan bien.
Eloísa bajó la mirada un instante.
—Y tú… —dijo, midiendo las palabras—. Has cambiado menos de lo que dices.
—¿Sí? —sonrió Julio—. Pues yo no me reconocería.
—Yo sí —respondió ella—. Te he visto en alguna foto… Es lo que tiene
exponerse demasiado.
Hubo un silencio breve. Incómodo. O quizá lleno.
—Me parece increíble encontrarte aquí —dijo Julio, intentando espantar el
silencio con cualquier frase.
—¿Por qué? —respondió Eloísa, con una media sonrisa—. Todos nuestros
encuentros fueron por aquí… El colegio, el club… y nuestras escapadas.
—Otros tiempos —asintió él—. Ya lejanos, querida amiga. Han pasado
demasiadas cosas.
Dudó un instante, como si la frase siguiente no terminara de encontrar
sitio.
—Podríamos vernos otro día… Tomar algo, ponernos al día.
Lo dijo sin convicción, casi esperando que ella lo rechazara con amabilidad.
No había olvidado cuánto la había amado.
Ni cómo, un día, Eloísa decidió que él no sería su hombre.
En realidad, nunca lo sería nadie.
—Dale, llámame.
Julio alzó ligeramente las cejas.
—¿Pero tienes móvil? Me habían dicho que no tenías.
—Me resistí casi dos décadas —sonrió ella—. Pero mi hijo se hartó de no
saber dónde estaba y me regaló uno. Si te soy sincera, no me hace ni pizca de
gracia. Nunca necesité llamar a nadie ni que me localizaran. Nada es tan
urgente.
Hizo una pequeña pausa, como si regresara a otro tiempo.
—Vivimos tantos años sin él… Aún recuerdo esperarte en casa, oírte llegar y
después el timbre. Era mucho más emocionante.
Unos días después, Julio fue a su encuentro sin más motivo que verla. Saber
de ella.
Para Eloísa, en cambio, aquello era otra cosa.
En su vida tranquila, casi monacal, no había espacio para grandes emociones.
Los días transcurrían entre paseos, rutinas y la calma que había aprendido a
habitar. Su hijo, al que había criado sola, era el centro silencioso de esa
vida.
Pero aquella cita tenía algo distinto.
No habría sabido explicarlo, pero al prepararse sintió una ligereza
olvidada, como si algo dentro de ella, dormido durante años, hubiera decidido
desperezarse sin pedir permiso.
Salir con Julio no era solo verlo a él.
Era, de algún modo, volver atrás.
O quizá —pensó, sin terminar de entenderlo—, volver a sí misma.
Julio la vio salir de su casa, hermosa, la misma casa en cuya puerta la
había recogido cientos de veces. Ahora allí solo vivían ella y su madre.
Intentó saludarla con un beso en la mejilla, pero Eloísa, tímidamente, le
ofreció la comisura de los labios.
Un vacío en el estómago lo devolvió de golpe a la adolescencia, quizá a
aquel primer beso robado. A ella, ¿a quién si no? Después vendrían otros, más
apasionados.
El presente retrocedió sin contemplaciones y, por un instante, volvió a
sentirse un jovenzuelo.
Él le abrió la puerta del coche, como hacían los jóvenes de su generación.
—¿Dónde quieres ir?
—Qué más da… —rió ella, con esa ingenuidad intacta que Julio había amado y
que ahora, tantos años después, seguía asombrándolo.
¿Cómo había conseguido conservar aquella frescura?
No era que la vida no hubiera pasado por ella.
Era que no había logrado estropearle la sonrisa.
Él arrancó el coche hacia ningún lugar. Lo asaltaban imágenes del pasado:
recuerdos, el dolor de cuando la perdió. Toda una historia le cruzaba la
cabeza, la que fue y la que pudo haber sido.
Ella, en cambio, parecía no pensar en nada. Lo observaba conducir con una
calma extraña. Entonces apoyó la mano izquierda sobre su pierna y le dijo:
—Dime que aún me quieres.
Hizo una pausa y soltó una carcajada.
Él no pudo evitar reír.
Era eso, precisamente, lo que siempre había amado de Eloísa: su manera de
estar en el mundo, esa sencillez, ese humor, esa forma de hacer que todo
pareciera menos grave y más vivo.
—Nunca he dejado de quererte. ¿Cómo se hace para dejar de querer a alguien
así? Solo ha pasado que no te he visto en décadas.
Eloísa se inclinó despacio y le dejó un beso en la mejilla.
Después de eso, Julio condujo en silencio durante unos minutos. Ella lo
miraba con una sonrisa tenue, como si tratara de empujarlo suavemente hacia el
pasado, hacia ese lugar donde ambos seguían siendo jóvenes.
Él había imaginado la cena como algo sensual en el propio acto de comer y
beber: un buen vino, tal vez champán.
Pero Eloísa declinó la sugerencia:
—Julio, yo casi no como carne… y por la noche apenas ceno. Y mi única bebida
es agua.
Lo dijo con una sonrisa que lo atravesó de lado a lado.
No estaba decepcionado. Tampoco sorprendido.
Ella seguía siendo fiel a sí misma.
Solo que él, con los años, había recorrido un camino distinto.
Pensó, por un momento, que la noche podría volverse insulsa.
Pero pronto los temas triviales dejaron de tener interés.
Sus vidas, tan diferentes, tampoco ofrecían demasiados puntos en común.
Y sin embargo…
Se miraban y reían.
En la sencillez, sin adornos.
En ser, simplemente, ellos dos.
Ella, como siempre.
Él, recuperando algo de lo que había ido dejando atrás.
El momento pasó.
Y entonces quedó lo único que importaba:
aquello que nunca habían terminado de vivir.
Julio dijo algo que no había pensado decir al salir del restaurante:
—¿Te vienes conmigo?
A Eloísa se le iluminó el rostro.
Y por un instante, él volvió a verla con los dieciocho años de entonces.
—Por supuesto que me voy contigo.
A la mañana siguiente, todo
parecía en su sitio.
No había cambiado nada… y, sin embargo, algo había quedado resuelto.
Eloísa sonrió, como siempre.
Julio la miró un instante más de la cuenta.
Y esta vez, al despedirse, no
hubo nada pendiente.

Un encuentro con un amor del pasado adolescente. .. Muy linda historia. Me intriga ponerme en esa cituacion y si pasaría lo mismo. Me gustó. 👏👏👏
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