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Javier

 





Javier Gila fue campeón de España de Sommeliers y trabajó en lugares como el Hotel Ritz o Lavinia, durante años la tienda de vinos más importante de España y quizás de Europa. Lo invité a visitar las bodegas de Mendoza con motivo del festejo de los 125 años de Trapiche. También me acompañaban en el viaje tres clientes de la cadena de restaurantes El Rancho Argentino y dos compañeras de la empresa: una especialista en vinos que habíamos contratado para las catas en los restaurantes y la formación de nuestros comerciales en España, y María, nuestra delegada en Argentina para coordinar con las empresas exportadoras y las navieras.

Una buena delegación. Un esfuerzo que hacíamos para convertirnos en los importadores en España líderes de vinos y otros productos de Argentina. Para entonces ya no había ninguna duda de que lo éramos.

El mundo del vino es glamuroso. Paramos en el mejor hotel de Mendoza, la bodega tiraba la casa por la ventana en aquella fiesta y corría con todos los gastos de la estadía de esa semana. No era nuestro primer viaje con invitados, ni sería el último. Sí era el primero que hacíamos en octubre; normalmente a Mendoza íbamos en marzo, para la vendimia.

Entre vino y vino, viñas y toneles, bodegas y charlas, tuvimos un día libre. Y como teníamos un día libre, a uno de los invitados, uno de los socios del Rancho, Rodrigo, exfutbolista del Rayo Vallecano y del Elche, se le ocurrió ir a practicar rafting al río Mendoza y pasar el día en las montañas.

Las compañeras se bajaron de la excursión campestre para hacer cosas más urbanas, y nosotros contratamos la actividad, que empezaba con la recogida en el hotel, junto a un chofer realmente atípico y gracioso que amenizó el viaje de más de una hora.

Río arriba, en el Mendoza, las aguas bajaban turbulentas. Al fondo, los Andes majestuosos mostraban las cumbres nevadas. Un camino arenoso nos acercó al río y allí nos esperaban, con el bote sobre la gruesa arena de la playa, dos jóvenes musculosos y bronceados. Uno, rubio y de pelo largo recogido en una coleta, podría haber sido sueco o noruego. El otro llevaba una diadema, media melena y pelo castaño.

Parecían sacados de una publicidad de turismo. Luego me enteré de que competían por todo el mundo.

Nos proveyeron de cascos y chalecos y, con el bote aún sobre la arena, nos dieron unas explicaciones escuetas de cómo debíamos comportarnos en cada momento. Parecía fácil, en la arena inmóvil, seguir las instrucciones de los guías. No había riesgos ni dudas en el secano.

Cuando nos empezamos a meter en el río me percaté por primera vez de que uno de los socios del restaurante tenía un problema de movilidad en un brazo que le haría imposible remar. Algo permanente y obvio a lo que no había prestado atención mientras las actividades eran beber, comer o bailar. Pero, por alguna razón, en ese momento ese detalle se me hizo tremendamente visible, como una revelación.

Miré a Javier y supe inmediatamente que él tampoco podría remar como requería la ocasión. Lo suyo eran los corchos, las copas, y lo más riesgoso y deportivo que podía hacer era degollar un Champagne cual cosaco invasor.

Diego y yo éramos tipos del montón: él, jugador de golf; y yo, deportista de una hora a la semana, ya en declive incluso como aficionado al fútbol. Solo Rodrigo, que había estado activo hasta hacía unos años y seguía metido de cabeza en el Elche entrenando a los juveniles, parecía reunir las condiciones para algo de alta exigencia.

Al que sí se lo veía muy preparado para su labor era al chofer del minibús que nos había llevado. Le habíamos dejado una cámara para grabar la bajada del río, y el tipo se había colocado en un recodo inmejorable para captar gran parte de nuestro recorrido inicial. Lo imaginé como si fuera Stanley Kubrick en un rodaje.




Los primeros cien metros los hicimos sin grandes sustos, pero el ruido de la primera cascada ya me alertó. Yo sabía que podía pasar algo, pero el recorrido tenía muchos kilómetros y esperaba lo complicado en el último tramo, cuando ya tuviéramos un poquito más de práctica. Eso pensaba yo cuando nos deslizábamos hacia el primer salto importante, y de pronto me di cuenta de que mis pies apuntaban al sol.

Sentí el agua fría empaparme y, en milésimas de segundo, estaba bajo el agua, de las zapatillas al casco. Toqué el suelo con los pies para intentar impulsarme hacia la superficie, pero con las palmas de las manos toqué el bote. Rápido comprendí que se había dado vuelta y que estaba atrapado debajo. Me sumergí nuevamente para escapar por abajo.

A mi mente se vinieron los ríos de montaña en los que tanto me había bañado durante mi niñez y juventud. Vi las piedras en mi mente y comprendí inmediatamente, como en un mensaje del más allá, que si quería contarla debía salir río abajo con las piernas por delante, no con la cabeza golpeando rocas aquí y allá.

 

Todas las piedras del valle parecieron golpear desde mis rodillas hasta los tobillos. Salí unos trescientos metros más adelante, sobre la costa. Pensaba que mis piernas serían un mapa de moretones e hinchazón, pero el agua del deshielo estaba tan fría que, milagrosamente, solo tenía unos arañazos y ninguna secuela de los golpes.

Busqué a mis compañeros. Río abajo, Rodrigo rescataba del agua a su socio, que no podía nadar bien con su brazo, y lo llevaba hacia la playa. Diego estaba a mi altura, pero corría río arriba. Yo, sin saber por qué, lo seguí, mientras los guías solo se preocupaban por el bote.

En la cascada donde habíamos volcado, Javier daba vueltas una y otra vez, atrapado como un corcho. El agua lo golpeaba y lo sumergía; él no atinaba a nada, solo giraba sobre sí mismo como una peonza bajo la fuerza de la cascada, que lo mantenía atrapado en un bucle mortal.

Diego y yo arrastramos a Javier semiconsciente hasta la arena, pálido, tosiendo y con los ojos perdidos. Los demás venían caminando por la orilla río arriba; Rodrigo, exhausto. Los guías habían dejado el bote en la arena y venían despreocupados, o al menos así los veía yo.

Le hablábamos a Javier esperando que nos respondiera, y sus primeras palabras fueron:

—El agua es rica en sodio y calcio.

En medio de semejante desastre Javier suelta eso. El tipo se estaba muriendo y solo podía ver las cualidades de su verdugo. Solo podía sonreír ante semejante locura.

 

 

 

 

Comentarios

  1. Cómo se llama el guía de la combi? Es Cordobés? Con esta anécdota me dan un poco de miedo hacer la experiencia con mis hijos

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  2. No recuerdo el nombre del chofer, lo que recuerdo es lo mucho que nos reímos con él al mediodía cuando comimos. Algo que no puse en la anécdota, y es para que no te miedo, por que no hay tanto riesgo en realidad. Cuando miramos la filmación a la noche, nos dimos cuenta que los guías nos habían volcado intencionadamente. Como ellos iban detrás nuestro cuando remábamos, no lo percibimos hasta que no vimos la filmación. Que debe estar en manos de mi amigo Diego Coquillat si la conserva.

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