—¿Por qué Marcelo y no yo? —preguntó
Adrián.
—Es lo mejor.
—No lo entiendo. Conozco la temática y el lugar mejor que nadie. Y usted lo
sabe perfectamente.
—Justamente, Adrián. Para ti este tema es casi una religión. Necesito una
mirada menos contaminada.
Adrián reprimió la ira. La frustración, y también el orgullo herido, se le
transparentaban en la mirada. El jefe, incómodo ante aquel disgusto tan
visible, trató de suavizar la situación con una decisión salomónica.
—Puedes acompañarlo, si me prometes que será su voz, y no la tuya, la del
reportaje.
Adrián asintió, apretando los labios. Aceptó su papel secundario, aunque por
dentro le escociera.
Los años setenta llegaban a su fin. El rock nacional aún lloraba la
desaparición de Sui Generis, mientras que, en el panorama internacional, Queen
ya había desplazado a grupos más ásperos y rockeros.
Los medios vomitaban una oleada de luces en los cielos y apariciones
misteriosas en el Valle de Punilla. La New Age se consolidaba como una fuerza
transversal en la sociedad argentina y elegía Capilla del Monte como centro y
capital: lugar fundacional de una nueva tribu heterogénea. Y así, en un
cambalache discepoliano, se mezclaban magos, videntes, astrónomos, hechiceros,
vagos, marginados y aprovechados.
Adrián conocía bien aquel clima. Lo había visto crecer, deformarse y
convertirse en un imán para crédulos, curiosos y oportunistas. Por eso le dolía
aún más no ser él quien llevara la voz cantante del reportaje. Sabía más que
Marcelo. Mucho más. Del lugar, de su historia, de sus mitologías y de sus
trampas.
El jefe del canal de televisión se preguntaba si todo aquello no sería una
estrategia para desviar la atención de la dictadura y de las desapariciones,
que ya hacían demasiado ruido internacional. Aun así, los había enviado a
Marcelo y a Adrián. ¿Qué otra cosa podía hacer? Era el responsable de
informativos del canal más visto de Rosario, con todo lo que ello implicaba.
Además, en lo más íntimo, no estaba del todo convencido de que los
desaparecidos no fueran producto de una guerra; una guerra sucia, sí, pero
guerra al fin.
Adrián pasó a buscar a Marcelo con el coche prestado de su madre y pusieron
rumbo a Capilla del Monte. Eran unos quinientos kilómetros, esquivando los
mismos baches que la ruta arrastraba desde hacía décadas. Adrián los conocía de
memoria. Había hecho aquel viaje varias veces al año: de niño con su abuelo;
después, con su padre.
A medida que dejaban atrás la ciudad, notó cómo el paisaje le removía
recuerdos que creía gastados. No era un trayecto cualquiera. Había algo en ese
camino, en sus curvas, en sus silencios y en sus paradas, que siempre lo
devolvía a una versión anterior de sí mismo.
Se alojaron en un hotel sin licencia: un palacete en medio de un enorme
terreno arbolado, con una piscina descuidada al fondo. Les saldría económico.
Y, tal como estaba aquello, al dueño jamás le alcanzaría para reunir el dinero
necesario para reparar el edificio y regularizar los papeles.
Lo regentaba Pipi, un profesor de Educación Física oriundo de Santa Fe,
antiguo asesor de un político de su provincia, que había puesto tierra de por
medio después del golpe. Ahora vivía en un lugar más tranquilo, lejos del ruido
urbano y rodeado de seres excéntricos. Adrián pensó que no dejaba de ser una
forma elegante de nombrar a los derrotados, a los huidos y a los que ya no
encajaban en ninguna parte.
Cuando llegaron, la tarde ya iba cayendo y apenas quedaba tiempo para dar un
paseo por la pequeña localidad.
—Hola, soy Pipi. Les he preparado la habitación número trece. Sean
bienvenidos.
—Soy Marcelo. Hermoso lugar. ¿Cómo es que tienes esto aquí, metido en medio
del pueblo?
—Bueno, la familia jamás quiso venderlo. No cedimos al boom inmobiliario. Y
aquí quedamos, como una rareza del siglo pasado —continuó—. Lo mejor lo van a
ver por la noche. El cielo, acá, se deja mirar como en pocos sitios. Hay otros
dos grupos: cuatro senderistas que mañana van a meterse en una caminata larga
con un guía local, y dos parejas de Uruguay. Esta noche sale asado. Si se
quieren sumar, luego repartimos gastos.
—Será un placer —contestó rápidamente Marcelo, siempre dispuesto a compartir
un vino y una costumbre tan argentina.
Adrián lo miró de reojo. Marcelo tenía esa facilidad para entrar en
confianza que a él, según con quién, le despertaba simpatía o recelo.
—¿Y qué hay de ese cielo nocturno que veremos? —preguntó Adrián.
—Mientras ustedes no vean un cono de luz bajar sobre sus cabezas y empiecen
a flotar, todo irá bien —rio Pipi, acostumbrado a la fantasía que atraía a los
turistas—. Pero tal vez observen cosas extrañas: una estrella donde no debería
haber nada, o una luz moviéndose de forma errática. En fin, todo puede pasar en
Capilla.
Adrián no sonrió. Había escuchado frases parecidas demasiadas veces. Y, sin
embargo, una parte de él seguía esperando que, alguna noche, ocurriera algo que
no pudiera explicarse del todo.
El fuego tenía siempre algo hipnótico, algo mágico. Cuando se acercaron a la
parrilla, solo uno de los senderistas peleaba con las llamas.
—Hola, maestro —dijo Marcelo—. Le cayó toda la responsabilidad. Hoy le toca
la de Kempes.
—Hola, soy Carlos —dijo, tendiéndoles la mano tiznada de carbón; pero nadie
rechaza la mano del asador, por sucia que esté—. Hoy soy el encargado del
asado, aunque, en realidad, casi siempre lo soy.
—Eso será porque es buen parrillero —dijo Adrián.
—Se comenta que me toca por una cuestión cromática —respondió Carlos,
esbozando una media sonrisa.
—¿Cromática? —preguntó Marcelo.
—Sí. Soy el más oscuro.
Las risas sellaron esa hermandad inmediata que el fuego imponía. En ese
momento se acercó una de las orientales, como atraída por el buen humor del
corro. Llevaba un termo bajo el brazo y un mate en la mano, cual Colt 45 en
manos de un pistolero del Lejano Oeste.
—Soy Natalia —se presentó ante Marcelo y Adrián, dejando claro que ya
conocía al parrillero.
Le tendió el mate a Carlos, que lo recogió con un gracias apenas murmurado.
Después se cruzaron una mirada que no pasó desapercibida para Adrián. Ahí había
algo.
—¿Qué los trae por aquí, hermanos orientales? —preguntó Marcelo, incapaz de
abandonar del todo su oficio. Adrián pensó que aquel hombre no se relajaba ni
frente a un asado.
—Estamos en misión —respondió Natalia, sin pestañear—. Hemos acudido a una
llamada estelar.
Natalia tenía los ojos verdes, dos esmeraldas vivas, y una media melena que
el viento le alborotaba alrededor del rostro. Andaría por los veintipocos,
aunque había en ella una melancolía honda, como si la atravesara por dentro.
Lo dijo con tal naturalidad que parecía dar por hecho que todos los
presentes sabían de qué hablaba.
—¿Y quién los convoca? —insistió Marcelo.
—Los arcturianos.
Después le pasó el mate a Adrián.
Él entendió enseguida por dónde iba aquello. Le hizo a Marcelo una discreta
seña para frenarlo: ya habría tiempo de explicaciones. Lo conveniente, de
momento, era escuchar y dejar que se explayaran. Cuanto más cómodos se
sintieran, más material sacarían de allí.
La noche siguió entre risas y vino, aunque no del todo en calma. Hubo un
instante de tirantez cuando el novio de Natalia reparó en que ella se mostraba
con el parrillero más cercana de lo que a él le gustaba. La otra pareja, incomoda,
intento salvar la situación hablando del vino.
—Mañana iremos al cerro Los Terrones —dijo Carlos, intentando romper la
tensión—. Allí se abre un portal que te lleva directamente a Erks, una ciudad
que existe en un mundo paralelo. Dormiremos allí y veremos qué ocurre. A eso
hemos venido. Nos llevará un guía local. ¿y ustedes hermanos uruguayos que
harán?
—Nosotros cuatro subiremos al cerro Uritorco —dijo uno de los uruguayos—. Es
allí adonde nos convocan los arcturianos para meditar. Es el lugar elegido.
—Tengan cuidado con los chantas —advirtió Pipi—. Aquí hay cosas raras, no
digo que no, pero también hay mucho cuento. Y unos catalanes que han venido a
hacer negocio y ya se están quedando con hectáreas y hectáreas de tierra de los
nativos. Tienen sus planes para este pueblo. Se envuelven en un aura mística,
se adueñan de los cerros y luego te cobran por pasar a un río o subir a una
montaña. Da pena ver en qué van a convertir esto.
La noche transcurrió sin luces extrañas, sin avistamientos, sin nada que
justificara tanta expectativa. Poco después de la medianoche, todos se fueron
retirando a sus habitaciones; a la mañana siguiente, cada uno tenía ya su
propio plan. Adrián, sin embargo, se despertó antes del alba y se acercó a la
ventana. Miró el cielo como quien espera una señal largamente prometida. No vio
más que la silueta de Natalia, avanzando sola entre los árboles, de regreso a
su cuarto.
Por la mañana, Adrián y Marcelo se repartieron el trabajo. Marcelo se
sumaría a los senderistas en busca de la ciudad fantasma. Adrián iría al centro
de estudios ufológicos, visitaría el jardín medicinal de una amiga, y haría
preguntas incomodas en el pueblo.
La encontró arrodillada junto a unos canteros, enfundada en un mameluco
jardinero y protegida del sol por un sombrero de ala ancha. Durante un
instante, Adrián pensó que rezaba. Luego comprendió que no: le estaba hablando
a una planta.
—Hola, amiga. ¿Cómo va la vida en las sierras? —dijo en voz baja,
acercándose por detrás.
Ella giró apenas la cabeza.
—¿Y tú qué haces por aquí en esta época del año?
—Nunca había venido en primavera —respondió él, apartándole con suavidad el
ala del sombrero para besarle la mejilla—. La sierra huele bien en esta época.
Hay hierbas silvestres por todas partes. Y tú jardín también huele bien.
Aunque, claro, tú hueles mejor. A este lugar le falta color. Los árboles no
tienen los nuestros en primavera.
Ella se ruborizó con una discreción que no consiguió disimular del todo.
Entre los dos siempre había quedado algo suspendido, una atracción antigua,
jamás resuelta.
—No, aquí no hay lapachos, ni jacarandás, ni ceibos, ni palos borrachos. Si
te quedas un rato, te preparo un té.
El mate, desde luego, no figuraba entre sus devociones. Adrián sonrió para
sí. A ella le parecía una bebida demasiado vulgar para alguien que arrastraba,
con orgullo silencioso, cierta sangre inglesa.
—No te molestes. Vengo por trabajo y no puedo quedarme mucho. Quiero hacerte
unas preguntas sobre todo esto. Las apariciones, las luces, las naves… y esta
invasión de jóvenes que llegan buscando respuestas.
Ella se levantó, se sacudió la tierra de la rodilla y lo tomó del brazo. Lo
condujo hasta dos sillones de mimbre que, bajo la sombra de un árbol, parecían
haber estado esperándolos desde hacía tiempo.
—Hay días en que este pueblo parece un espectáculo de luz y sonido —dijo al
sentarse—. Es difícil saber cuánto hay de realidad y cuánto de fantasía.
—¿Pero tú has visto algo?
Ella lo miró como si la pregunta fuera demasiado obvia.
—Claro. Todos hemos visto algo aquí alguna vez. Eso no quita que esto se
haya convertido en un lugar turístico y que medio mundo viva de explotar esa
veta. Todos quieren sacar provecho de la singularidad del sitio. A mí, a veces,
me molesta que me metan en el mismo saco que a todos esos iluminados. Yo hago
mis aceites esenciales e intento ayudar a gente que lo pasa mal. Trato de
ofrecer una medicina alternativa. Para mí, lo importante es la salud, física y
mental. Para los laboratorios, en cambio, lo importante es la enfermedad.
—¿Y eso cómo encaja en un lugar que se está volviendo casi místico?
—preguntó Adrián.
Ella sonrió con cansancio.
—Porque hay mucha gente que necesita un salvador sin entender que ellos
mismos son su propia salvación.
Adrián pensó en Natalia, en su novio, en los arcturianos, en aquella mezcla
de fervor y extravío que parecía respirarse en el aire mismo del pueblo.
—En el hotel hay dos parejas que dicen ser contactados arcturianos.
Ella negó con la cabeza, despacio, con una desaprobación sin sorpresa.
—Chicos desesperados, que no saben hacia dónde ir. Muchos tienen dinero, y
de ellos se aprovechan otros cuervos que aquí se han multiplicado. Jóvenes
desorientados que esperan que su salvación venga de las estrellas, cuando su
salvación está mucho más cerca. Hay todo un negocio alrededor de la fe. Una fe
nueva, si quieres. Pero no encontrarán lo que buscan. Y nadie va a rescatarlos
de nada, mucho menos de sí mismos.
Adrián guardó silencio. Le habría gustado escuchar otra cosa. Había crecido
alimentando aquel misterio, leyendo libros sobre viajes estelares, ciudades
ocultas y civilizaciones que observaban a la humanidad desde otra dimensión.
Quería creer que había vida más allá de este mundo, que todo no terminaba en la
materia, en la política, en la miseria conocida. Pero todavía no había
encontrado nada que se lo confirmara de verdad.
Mientras Marcelo ascendía por la montaña junto al guía y los cuatro
senderistas, el sol apenas terminaba de despuntar detrás de los cerros. Habían
salido con las primeras luces, bien pertrechados y cargados de agua, aunque el
guía les había dicho que en el camino cruzarían algunos cursos de río.
Marcelo apretó el paso hasta ponerse a la altura de Carlos.
—Vi cómo te miraba la oriental anoche. Cortaba el aire más que el facón con
el que troceaste el asado.
Carlos esbozó una media sonrisa, sin dejar de caminar.
—Cosas que pasan.
—Es guapa la chica —insistió Marcelo, tanteándolo.
—Sí. Lo es.
—Nunca salí con una uruguaya.
Carlos soltó una breve risa por la nariz.
—Ni yo, compañero. Y no creo que vaya a ser ahora tampoco. No tengo ganas de
problemas. Además, el novio es un tipo violento. Mejor no meterse ahí.
Marcelo asintió, como si aceptara la retirada, pero enseguida cambió de
frente.
—¿Y qué opinas de los arcturianos? De sus mensajes, de sus seguidores… de
toda esa movida.
Carlos tardó unos segundos en responder. Miraba el sendero mientras hablaba,
como si lo importante estuviera en poner bien el pie.
—No tengo una opinión muy elaborada, pero me huele un poco a secta. Y no
creo en eso de viajar a las estrellas ni en que vengan de allí a buscarnos.
Todo eso me suena más a producciones de Hollywood. Mucha gente esperando que
venga el escuadrón galáctico a rescatarla. La imponente Enterprise.
Marcelo sonrió.
—Y, sin embargo, aquí estoy yo, caminando con ustedes para buscar un portal.
Uno que conecte con otra civilización, escondida bajo la nuestra, o al lado, o
quién sabe dónde.
—Es diferente —dijo Carlos.
—¿En qué?
Carlos apartó una rama del sendero y esperó a que pasaran los de delante.
—Porque no hablamos de seres de otro mundo. Hablamos de seres de este mismo
mundo, solo que no siempre podemos verlos.
—Eso suena bastante parecido.
—No. No es lo mismo. Mira: si te hacen una radiografía, apareces de una
manera. Si te hacen un escáner, de otra. Si te miro yo, te veo cómo te verías
en un espejo. Y, sin embargo, sigues siendo tú. Lo que cambia es el modo de
mirar.
Marcelo lo observó con más atención.
—¿Y esos seres serían… otra forma de la materia?
—Llámalo como quieras. Yo creo que hay cosas que están aquí, alrededor
nuestro, pero no entran siempre en nuestro campo. A veces algo cambia. El
lugar, la luz, uno mismo… y entonces se dejan ver.
—No sé si te sigo.
—No hace falta entenderlo del todo. Basta con aceptar que no vemos todo lo
que existe.
Caminaron un trecho en silencio. Solo se oía el roce de las botas contra la
piedra suelta y, a lo lejos, el murmullo del agua.
—Entonces tú no crees en la vida extraterrestre —dijo Marcelo al fin.
Carlos negó con la cabeza.
—No. Creo que todo está aquí. Lo visible y lo invisible. No hay que irse tan
lejos para encontrar lo extraño.
El guía, que abría camino, alzó una mano y todos se detuvieron en seco. A
unos cien metros, un puma cruzaba entre las piedras con una calma soberana.
Llevaba una presa colgando de la boca —tal vez un conejo, quizá un zorro
pequeño— y durante unos segundos nadie se atrevió ni a respirar. Esperaron
hasta que el animal se internó monte adentro y solo entonces reanudaron la
marcha.
Adrián había concertado la entrevista con los ufólogos para la tarde, de
modo que decidió acercarse antes al balneario desde donde partían las
excursiones al cerro Uritorco. Aquello se había convertido en un negocio
formidable: venta de entradas, control de acceso a la montaña, tiendas de
recuerdos, vendedores ambulantes, una cafetería junto al río. Le produjo un
desagrado inmediato. De niño había subido varias veces con su abuelo, como
quien emprende un paseo y nada más; ahora, en cambio, había que pagar por
entrar en los senderos, por acercarse al agua, por pisar un paisaje que antes
parecía de todos.
Se apartó del bullicio, de los turistas, del baño de pago y de aquel
capitalismo salvaje que había alcanzado incluso uno de los rincones más mágicos
y remotos del país. Allí, donde todo debería haber conservado cierta pureza,
solo veía mercadeo. Recordó entonces la parábola de Jesús expulsando a los
mercaderes del templo y pensó, no sin amargura, que siempre terminaba
ocurriendo lo mismo: también aquello era una religión. La nueva religión.
Se alejó del barullo en dirección al lugar donde había aparcado el coche,
como si buscara algo más reconocible, más suyo. Aquel vehículo prestado tenía
para él algo de refugio, una pequeña cápsula de orden en medio del
desconcierto. Por el camino se cruzó con los uruguayos y advirtió que Natalia
caminaba discutiendo con su novio en voz baja, aunque con una tensión tan
visible que casi parecía arrastrarla detrás de sí.
Cuando llegó al coche, un muchacho flaco y de pelo largo le reclamó unas
monedas por habérselo cuidado durante aquellos pocos minutos.
—Ajá. Ni aquí me salvo de los gorrillas y los trapitos. Pero tú ¿de dónde
saliste? ¿Cómo llegaste hasta aquí, en medio de la montaña?
—No vivo lejos, jefe. Y, a fin de cuentas, soy de los que más derecho tienen
a sacar algo de todo esto. Mi abuelo vivía en la zona. Y también el abuelo de
mi abuelo.
Adrián lo miró con detenimiento. Era difícil ubicarlo en el tiempo.
Tenía una dentadura desastrosa, con varias piezas ausentes; el pelo largo
recogido en una coleta; la piel no especialmente oscura, aunque curtida y
dorada por el sol. Llevaba un vaquero raído, unas zapatillas viejas sin marca y
una camisa azul marino descolorida. Como si el destino hubiera querido burlarse
de cualquier estampita folclórica, coronaba aquel aspecto una gorra de los Los
Angeles Lakers.
Adrián no pudo evitar la carcajada.
El indio rio también y estiró la mano.
—¿Eres comechingón? —le preguntó Adrián mientras le daba el equivalente a
dos dólares.
El hombre cogió el dinero y se rio. Se le escapó el aire entre los dientes
con un silbido.
—Como todo lo que camina o vuela, amigo —dijo, riéndose de su propia
ocurrencia, mientras el aire se le escapaba por los huecos de la dentadura—.
Soy comechingón, sí, aunque seguro que alguna otra tribu me dejó también algo
en la sangre.
Adrián sonrió.
—¿Y qué pasa de verdad por aquí?
El hombre lo miró fijamente, como sopesando si merecía una respuesta de
verdad.
—Aquí se hace realidad todo lo que usted sea capaz de imaginar.
Adrián aguardó un instante antes de replicar.
—Usted alimenta el misterio para alimentar el negocio del turismo.
El indio no se ofendió. Al contrario: hizo una pausa, como si por fin
llegaran a la parte importante de la conversación.
—Esta zona es tierra santa para nosotros. Encantados estaríamos de que los
turistas se redujeran a la mínima expresión, como hace unas décadas. Esto se ha
llenado de idiotas: hijos de papá con dinero, que te miran por encima del
hombro; iluminados que creen haber encontrado el camino de la sabiduría y la
salvación… unos verdaderos idiotas.
Adrián lo observó con una mezcla de sorpresa y simpatía. Aquel hombre tenía
más lucidez que todos los arcturianos del cosmos juntos.
—Me caes bien —dijo.
—Tú también. No eres como ellos.
—¿Estas tierras son santas para ustedes? ¿Hay algún lugar en especial?
—Sí. La cima de la Mica. No es la más alta, pero sí la más hermosa. Allí no
van los turistas. Es lo único que conseguimos conservar en el trato con el
gobierno de la provincia: que ese rincón ancestral siguiera siendo nuestro. Si
sabes montar a caballo, podríamos ir. Tengo dos ensillados detrás de esa
caseta. No son muchas horas.
—Me encantaría, pero hoy me es imposible. Dime una cosa: ¿qué hay de las
naves, las luces, Erks y todas esas historias?
El hombre entrecerró los ojos.
—De historias, nada. Aquí pasan cosas. Pero lo más sorprendente son los
seres de luz que flotan en las laderas del Uritorco. Con los blancos no pasa
nada. Los grises son los jodidos. Si se te aparecen, más vale que te
encomiendes a todas las divinidades. Las vas a necesitar.
—¿Acaso los has visto?
El hombre sonrió despacio.
—No solo los he visto. Casi los he tocado.
En el ascenso a Los Terrones, Marcelo caminaba ahora al lado del guía. Lo
había visto errático: por momentos aceleraba la marcha y al rato la
ralentizaba. Cada tanto se agachaba y apartaba la hierba con los bastones que
llevaba; en algún momento, Marcelo pensó que quizá estuviera buscando alguna
serpiente.
Junto a un arroyo hicieron una pausa más larga de lo que él esperaba. De vez
en cuando, el guía alzaba la vista por encima de sus cabezas para observar unos
caranchos que revoloteaban algo más cerca de la cima. Lo cierto es que hacía
rato que había pasado el mediodía y, si seguían así, no llegarían al lugar
donde, según creía Marcelo, pasarían la noche.
Pensó en preguntarle si todo iba bien, pero ya se había dado cuenta de que
aquellos baqueanos no eran hombres de hablar mucho y de que sentían un ligero
desprecio por los visitantes.
Marcelo no era el único que lo había notado, y de pronto la marcha se volvió
silenciosa, más lenta. Todos habían entrado en un estado de alerta.
Esquivaron unos arbustos y entonces los vieron. Era el mismo puma de antes,
o eso creyó Marcelo, salvo que ahora no estaba solo. Había otro junto a él. Los
dos les cortaban el paso a no más de treinta metros.Situados entre ellos y su
destino, se quedaron observándolos, inmóviles. La escena parecía una
fotografía, de no ser por los caranchos que seguían revoloteando.
El guía comenzó a retroceder lentamente, sin perderlos de vista ni girarse,
dándoles siempre la cara. El aroma a hierbas se mezclaba ahora con olor a
carroña y a sangre, y por momentos todos tuvieron miedo. Todos menos el guía,
que parecía seguir en control. Retrocedieron unos quinientos metros, hasta el
arroyo, en silencio y con cierta prisa, volviendo la cabeza más de la cuenta
para cerciorarse de que esos gatos enormes no los seguían.
Los cinco caminantes hicieron un semicírculo frente al guía, como esperando
unas palabras que los tranquilizaran.
—No estamos en condiciones de volver. Nos agarraría la noche caminando y eso
sería muy peligroso. Tampoco podemos subir hasta el punto en el que debíamos
acampar. Los pumas ya nos indicaron claramente que hoy no somos bienvenidos por
aquí.
Nadie pronunció palabra. Todos parecían respirar intentando no hacer ruido.
—Esto haremos: juntaremos toda la madera y ramas secas que puedan encontrar,
sin alejarse mucho y manteniéndose siempre a la vista de algún compañero.
Haremos un semicírculo entre la leña y el río, encenderemos fuego por la noche
y dormiremos entre el fuego y el agua. Nos turnaremos para hacer guardia, si es
que alguno sabe usar una pistola. Si no, me quedaré despierto yo toda la noche.
¿Alguna duda?
Nadie contestó, y él, con un gesto de cabeza, los liberó para ir a buscar
leña.
Allí pasarían la noche.
No muy lejos de allí, al pie del Uritorco, Adrián seguía hablando con cuanto
ser humano se cruzaba. Incluso se lo vio murmurándole a una ardilla, que se dio
vuelta con indiferencia antes de trepar a un pino. El indio continuaba
mendigando a los turistas, y Adrián tomaba ya su segunda cerveza en la
cafetería, casi listo para regresar e ir a su cita con los ufólogos.
Entonces un revuelo le llamó la atención: un coche de policía y una
ambulancia llegaron al estacionamiento con las sirenas encendidas.
—¿Sabes qué ha pasado? —preguntó Adrián a la chica que le llevaba las
cervezas a la mesa.
—Un grupo de jóvenes ha tenido un accidente. Una chica uruguaya se ha caído
en una zona escarpada. Parece que está muy mal. Van a subir unos rescatistas,
pero está bastante arriba, se va a hacer de noche… mala pinta.
Adrián pensó al instante en Natalia. Y no se equivocó.
Permaneció tres horas al pie de la montaña hasta que los rescatistas bajaron
la camilla, la ambulancia llevo al hospital a Natalia, y a la pareja de amigos.
Su novio volvió al hotel mientras adrián se acercaba en el coche al hospital
para interesarse por su estado.
Cuando Adrián regresó al viejo palacete destartalado encontró a Pipi al lado
de una hoguera, esta vez no había comida, una botellas de malta escoces, dos
vasos y un montón de hielo en una ensaladera.
—Te estaba esperando – dijo Pipi, mientras derramaba la malta sobre el hielo
haciéndola crepitar. Se escuchaba el hielo, el chisporroteo del fogón y un búho
lejano— Cómo está la joven.
—Mal— dijo Adrián— Me cago en todo, que vida puta, ayer una fiesta y hoy un
drama.
—Así es este juego amigo— El búho callo, los grillos callaron y Pipi choco
su vaso contra el de Adrián antes de beber.
—¿El novio? No apareció por el hospital.
—No creó que lo volvamos a ver.
Luego el silencio y una luz en Los
Terrones que se veía lejana.
Luego el silencio y una luz en Los Terrones que
se veía lejana.
Adrián siguió la dirección de la mirada de Pipi.
Al principio pensó que era una estrella baja, atrapada en el horizonte. Pero
no. Aquella luz no estaba fija. Se desplazaba con una lentitud extraña, como si
dudara. Como si buscara algo.
—¿La ves? —preguntó Pipi, sin girar la cabeza.
Adrián no contestó de inmediato. Dio un trago
largo, sintiendo cómo el whisky le bajaba quemando el pecho.
—Puede ser cualquier cosa —dijo al fin—. Un
reflejo. Un avión. Algún loco con una linterna.
La luz se detuvo. O eso le pareció.
El búho volvió a cantar, como si alguien le
hubiera dado una orden.
—Claro —respondió Pipi, sin discutir—. Aquí todo
puede ser cualquier cosa.
Se quedaron un rato más en silencio, mirando
hacia la montaña. La luz volvió a moverse, esta vez en diagonal, y desapareció
detrás de una ladera.
Adrián apretó el vaso entre las manos.
Pensó en Natalia, en su caída, en su cuerpo
inmóvil sobre la camilla. Pensó en los uruguayos, en los arcturianos, en los
discursos, en las ganas de creer. Pensó en el indio, en su risa sin dientes, en
aquello de que todo lo que uno imagina puede hacerse real.
Pensó también en el reportaje.
En lo que diría Marcelo.
En lo que él callaría.
—Mañana nos volvemos —dijo, más para sí mismo que
para Pipi.
—Claro —respondió el otro—. Todo el mundo se
vuelve.
Adrián asintió.
Pero no estaba tan seguro.
Esa noche, antes de acostarse, se detuvo frente a
la ventana. El cielo estaba limpio, inmenso, indiferente. Buscó la luz durante
unos segundos, como quien repasa un error.
No vio nada.
Apagó la lámpara y se quedó a oscuras.
Y durante un instante —breve, casi inexistente—
tuvo la certeza de que algo, desde la montaña, lo estaba mirando a él.
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