Volví a Tanti después de mucho tiempo. Dejé de ir cuando faltaron los
abuelos y los primos empezamos a desperdigarnos por varias provincias, incluso
países. La casa seguía allí, frente al arroyo, ahora nuevamente con agua, como
en los viejos tiempos.
Sobre las tejas rojas todavía podía leerse el
nombre de la nona: SARA. Herencia de aquella época en que las casas tenían
nombre propio en la sierra. Los números llegaron después.
Algunos nombres eran sugerentes; la mayoría,
en cambio, simples nombres propios.
Tras las rejas ya no se veía la bomba de agua
en la que nos turnábamos hasta dejarnos los brazos acalambrados. Había
desaparecido.
Incluso cuando instalaron el motor para el
bombeo, el viejo seguía mandándonos a bombear. Le encantaba vernos trabajar,
aunque ya no fuera necesario.
En el portón de rejas romboidales que daba a la calle, el picaporte era una
serpiente. Podías mirar hacia el patio y los árboles a través del portón, pero
asir aquella serpiente con la mano para abrir la puerta era otra cosa. Todo un
aviso de que no entrarías en terreno fácil.
Era el terreno de Antonio, enorme. El primer
árbol frente a la casa era un siempreverde; al fondo, los paraísos y algunas
otras variedades crecían gigantescos. Para mí, de niño, aquello era infinito.
Tuve que esperar frente a la casa a que parara la lluvia. Un chaparrón
repentino. Después, otra vez el sol y ese olor a tierra mojada, arenosa,
penetrante.
No sabía que ese aroma, tan extrañado, iba a
dispararme los recuerdos. Me vi de niño, espiando a los pintores cerca de los
cursos de agua. Fingiendo disimulo, con timidez y sin emitir sonido.
Hoy, algunos de los cuadros de aquellos señores de barba y gorra se exponen en el Museo Municipal de Bellas Artes Juan B. Castagnino; otros descansan en algún cuarto de la casa de una prima segunda.
Dejé el coche, no frente a la puerta, sino a un costado del terreno, en la parte alta. En esa zona, la calle que trepaba montaña arriba estaba unos tres metros por encima del arroyo.
Había llovido y esos cauces pueden crecer si arriba llueve fuerte. Son cosas
que en la sierra se aprenden en carne propia o ajena. Nosotros, de tanto ir,
las aprendimos por desgracias ajenas.
Di una vuelta por los alrededores, intentando
recordar a los antiguos vecinos. Algunos nombres todavía me venían a la
memoria: Ernestina, don Diego, Alfredo, Pepe, Marta.
No pude acordarme del nombre de la mujer que
primero nos alquilaba burros y después, cuando crecimos, caballos. Subí hasta
el diquecito donde nos bañábamos, avancé un poco colina arriba y no vi berros
junto al arroyo.
Lástima.
Luego de quitarme la urgencia que la nostalgia me pedía, me dirigí a la
cabaña que había alquilado a unos cuatrocientos metros.
Me alejé no sin pensar, por enésima vez, que
debía comprar esa casa. Dejarla abierta para cualquiera de los primos o sus
hijos. Apenas una pequeña contribución para mantenerla habitable.
Entonces me vino una frase cuyo autor no
recuerdo:
“Al lugar donde fuiste feliz, no debes
volver”.
La desestimé.
¿Cuántas veces más podría volver allí?
Dejé los bolsos en la cabaña y me fui al bar
de la plaza, el inmortal Lucky. Tan inmortal como su dueño, que debe andar
rozando los noventa y tantos.
Estoy seguro de que sigue enamorado de mamá.
Yo lo sé. Mis primos también. Mamá, creo, nunca se enteró.
Dentro, sentado en una mesa, estaba Carly. Me reconoció enseguida y me pegó
un grito desde lejos. Estaba con el Chino. Yo solo lo tenía de vista, compañero
suyo en la municipalidad.
—¿Qué haces, rosariiino? —dijo, alargando con
intención la i—. Por fin te dejás ver por estos lados. Ya casi ni nos
acordábamos de vos. Si no fuera porque un día sacaste a esa maestrita del río,
cuando estaba por ahogarse… porque como jinete sos flojito, eso no es para
recordar.
Se burlaba de una cabalgata larguísima que
hicimos hasta la Cueva de los Pajaritos. A mí me tocó un caballo de mal trote,
con una montura tan dura e incómoda que estuve tres días sentándome sobre un
almohadón. Que el paseo hubiera durado siete horas no era excusa para volver
con el culo destrozado como un novato.
—Hacía mucho que no venía —le dije—. Tenía ganas de darme una vuelta por
aquí. Además, mañana voy a acercarme a la gruta. Tengo más que motivos para ir
a dar gracias.
Ellos, respetuosos, no preguntaron nada.
Pedí un Gancia con soda. Estaban con café,
pero yo había hecho quinientos kilómetros para terminar estrellándome contra
mis recuerdos de adolescencia, frente al arroyo y el vado que llevaba al
Castillo de Wilkins. Aquello ameritaba un Gancia.
—¿Y ustedes qué hacen que todavía no se han
ido a casa? —continué—. Además, ¿desde cuándo salen del cine con carpetas?
La municipalidad funcionaba ahora en el
edificio del viejo cine, donde nos habíamos hartado de ver películas del Oeste.
—Estamos comentando algo que nos llegó desde la gobernación.
Carly tenía ahora un rictus de cierta
preocupación. Abrió la carpeta y sacó un e-mail cortito. Los dos se habían
puesto serios.
Lo dejó sobre la mesa con delicadeza, lo giró
ciento ochenta grados y me lo pasó para que lo leyera.
En la otra mesa, un hombre al que en el pueblo
llamaban el Loco estiraba el cuello e intentaba dirigir la vista hacia el
papel, como si quisiera leerlo.
Salvo que fuera Superman, lo tenía difícil. De
hecho, yo mismo tuve que ponerme las gafas.
Entonces Carly se volvió hacia el Loco y le hizo un gesto que yo,
conociéndolo, traduje para mis adentros más o menos así:
“Loco, no rompas las bolas”.
Pero no dijo una sola palabra.
El Loco le contestó con otro gesto, también en
silencio. Yo me imaginé la respuesta:
“¿Y qué querés que haga? Este pueblo es muy
aburrido”.
Después volvió a su libro raído, de tapa ocre
en degradé, con algunas páginas dobladas en las esquinas, como marcando algo.
“Deben prepararse para tomar medidas
excepcionales que limitarán la movilidad de los ciudadanos…”
El mensaje continuaba, pero a mí ya me había
cambiado la cara.
El Loco lo advirtió antes que nadie. Se
levantó, se vino hasta la mesa y me arrancó el mail de un tirón para leerlo.
El resto de los clientes no pareció
sorprenderse. Por algo era el Loco: hacía tiempo que en el pueblo le toleraban
todo tipo de rarezas.
—Luego el loco soy yo —dijo, y arrojó el papel sobre la mesa.
Se echó a reír con una carcajada casi
grotesca.
—Luego el loco soy yo. Locos ellos, de poder.
Locos ellos… y tontos ustedes.
Y se fue del bar riéndose, despacio, sin pagar
el café. En la puerta, un niño que vendía artesanías lo miraba con paciencia,
esperando el caramelo de todos los días.
—Este cada vez está peor —sentenció Carly—.
Pensar que fue el mejor promedio del colegio y lo mandaron a Odol Pregunta.
—Bueno, aquí en la sierra hay mucho burro. No
me extraña que fuera el mejor —dije, con ese humor de mierda que tengo.
—No son muy graciosos ustedes, los de Rosario
—dijo el Chino, molesto.
—No seas tan susceptible —le contesté.
—Es que siempre hacen lo mismo. Vienen aquí y
se creen que están por encima de nuestros pueblos —insistió.
Carly dio por terminada la discusión con un gesto de la mano. Era un chiste
malo, nada más, pero dejaba bastante claro que no nos veían como iguales, sino
como turistas prepotentes.
—El rosarino es amigo, Chino. A este tipo hay
que perdonarle estas cosas. Son así en las grandes urbes.
—¿Así de pelotudos?
—¡Dale, Chino, terminalá!
El resto de la charla transcurrió entre preguntas personales y la puesta al
día de nuestras vidas. El Chino se fue pronto; a él no le interesaba tanto mi
presente como a Carly.
Por la mañana, cuando fui a desayunar, en el
aire había algo espeso, difícil de explicar. Los policías de aquel pueblo,
donde nunca pasa nada, parecían estar en alerta. Las maestras caminaban hacia
la escuela con gesto de preocupación y, en la entrada, los padres armaban
corrillos y hablaban más de la cuenta.
El colegio está frente a la plaza triangular,
en diagonal al Lucky.
En las serranías nada es secreto. Un mail a la
municipalidad, a la policía o a las escuelas se vuelve público en un par de
horas, aunque venga disfrazado de secreto de Estado.
Unos policías cortaron el cruce de los niños al colegio para que el
intendente de Tanti partiera rumbo a Córdoba. Desde el bar, con la medialuna en
la mano y el café humeante, pude ver su gesto de preocupación. Lo acompañaba el
secretario; llevaban las americanas de los trajes colgadas en dos perchas sobre
las ventanas traseras.
Terminé el desayuno y en soledad caminé hasta
el balneario, luego hasta la cascada. Casi no me crucé con nadie. No era época
de turistas y aún se notaban los efectos de la lluvia de ayer. El río venía
cargado de agua y arrastraba algunos palos pequeños.
El paseo habrá durado tres horas y terminó en
el mismo lugar donde comenzó: el Lucky. Tras el cristal veía a los padres
caminar hacia el colegio para recoger a los niños antes de que finalizara el
horario escolar.
Caras de preocupación. Pasos rápidos.
Salí rápido del bar para cruzar la plaza
triangular. Pasé junto a un banco donde el Loco leía el mismo libro que el día
anterior. No trabajaba; vivía de unas rentas de campos que administraba el
hermano.
Pensé: normal. Era el mejor promedio y
encontró la manera de no trabajar.
Frené a uno de los padres y lo tomé del brazo.
—Disculpe, ¿dónde van con tanta prisa? —le pregunté.
—Nos llamaron para que recogiéramos a los
niños —el padre trataba de zafarse de mis manos, que lo retenían unos segundos
más.
—¿Pasó algo?
—No lo sé. Lo de ayer será —y se escurrió de
mis manos, para rescatar al niño de un peligro imaginario.
Quise volver al Lucky, no fuera a convertirme
en el segundo cliente que se escapaba sin pagar en dos días, pero entonces uno
de los guardias que cortaban el tráfico para que cruzaran los niños me habló.
—Haría bien en ir volviendo a su casa. Después
de todo, es mejor eso que esperar a que llegue la noche y tengamos que llevarlo
a la comisaría.
Me hablaba como si hubiera esperado toda la vida un momento así: un momento
de sentirse importante. O eso creía él, que imponerme algo por la fuerza lo
hacía importante.
—¿Y por qué me detendría? —le sostuve la
mirada al preguntarle, esperando tal vez que dudara.
—¿No se ha enterado usted de la circular,
acaso? —me escrutaba desde los zapatos hasta los ojos. Ese gesto se lo había
visto hacer a policías de televisión.
—Ah, no. No estoy al corriente. Por ahora me
vuelvo al bar.
Cuando pasé junto al Loco, me miró y me dijo:
—Esta película ya la vi. Y también la vieron
mi padre y mi abuelo, en distintas épocas, en distintos lugares, en distintos
continentes.
Después volvió al libro, que ya había perdido
la marca de la página. Alcancé a ver una montaña y una luna en la tapa, y un
título de una sola palabra que empezaba por una W.
Entré haciendo una seña al camarero de que volvía, que no me había marchado
sin pagar. Se reía. Había visto todo. Me vio irme sin inmutarse, con esa
tranquilidad que tienen las sierras cordobesas, y me vio volver mientras le
servía a Carly una ginebra con hielo y agua tónica.
Me senté a su lado. Estaba solo y no se lo
veía muy animado.
—¿Qué fue de la costumbre del café? —le dije,
arrimando la silla con cuidado, procurando no hacer ruido. Me molestan mucho
los lugares ruidosos y con mala acústica.
—Hoy no da para café, amigo. Hoy necesito algo
medio fuertecito para llevar este día, que se está volviendo interminable.
Hubo un silencio que quise respetar. Entonces
Carly volvió a hablar:
—De pronto esto va dando un poco de vértigo.
Hemos pasado de la nada misma a una situación un tanto incontrolable.
—Me llama la atención cómo se han puesto los policías. Ni que estuviéramos
en plena revolución.
—Es que se han puesto densos los mandamás. Han
pedido que cerremos las entradas y salidas del pueblo esta noche. Que
mantengamos a la gente en sus casas —me miró fijo mientras pedía un vaso con
hielo para mí—. Si no te vas ahora, mañana ya no podrás irte.
—No tengo pensado irme hoy. Además, llevo
mucho tiempo atrapado en una rutina que me está matando. Algo distinto se
asoma. Aquí me quedo contigo —y le guiñé un ojo. Me devolvió una media sonrisa.
En eso llegó mi vaso con hielo y, en la otra
mano, el camarero traía la ginebra. Ni me preguntó: la sirvió sobre el hielo,
que crepitó apenas el líquido cristalino cayó.
—Esto, más el café de antes, amigo.
—Lo sé, lo sé —dijo el camarero.
La calle empezaba a quedarse sin paseantes y
la plaza estaba desolada, a no ser por el Loco. Todavía quedaban horas de sol.
Entonces apareció un dron, volando bajo y
recorriendo los alrededores.
Curioso e invasivo, se detuvo sobre el Loco. El Loco levantó la vista y se
quedó casi hipnotizado mirando el aparato flotar inmóvil.
Sin apartar los ojos del dron, metió a tientas
el libro en una mochila que tenía a su lado. También buscaba algo dentro sin
dejar de mirar el aparato. No quería perderlo de vista.
Entonces lo encontró.
Sacó una gomera, igual a las que usábamos de
niños. Metió la mano en el bolsillo derecho; intuí que llevaba piedras, aunque
desde la distancia no pude verlas bien.
Tiró una vez y rozó al dron, que hizo un leve
movimiento. Antes de que pudiera estabilizarse, el Loco acertó de lleno con el
segundo tiro.
El artefacto perdió el control y derivó hasta
estrellarse contra el mástil de la bandera. Quise ver cierto simbolismo, pero
el dron se hizo añicos contra el piso y la imagen me rescató del pensamiento
trascendente.
El Loco cruzó la calle con paso tranquilo, abrió la puerta del bar, miró a
Carly y le dijo:
—Carly, si los conoces, recuérdales que soy un
hombre libre. Nací libre y moriré libre.
Luego cerró la puerta y, ya de espaldas, se
despidió con un ademán de la mano antes de seguir caminando, tranquilo, hacia
su casa.
Cuando el Loco se marchó, el camarero se
arrimó hasta la puerta para ver si pasaba algo más. Un policía, en la esquina,
se hacía el distraído, como si la escena le hubiera sido ajena.
Los demás clientes ya iban pagando para
marcharse, como si lo que había ocurrido hubiera dado por terminado el día de
manera brusca.
Carly, en silencio, se agarraba las sienes con
el pulgar y el dedo medio de la mano izquierda. En la derecha sostenía el vaso
de tubo, que se llevó varias veces a la boca en pocos segundos para beber
sorbos muy cortos.
.
Entonces Carly levantó su vaso cuando yo estaba alzando el mío. Lo chocó con
ligereza, casi con delicadeza, y dijo:
—Salud, rosarino. Es la vida. Y me alegro de
que estés aquí conmigo, ahora.
—Salud, Carly —y bebimos mirando tras el
cristal la plaza desierta, con su mástil y su bandera flameando. Parecía
advertir:
“Cuidado. Aquí somos soberanos”.
Tras unos minutos de silencio, con los vasos
ya casi vacíos, hice una pregunta que no creí que pudiera responderme.
—¿Siempre lleva piedras en los bolsillos?
—Suele hacer caminatas por la montaña, todos
los martes y los jueves. Se siente bien y seguro en su rutina. Junta dos tipos
de piedras. Unas redondeadas, que mete en el bolsillo derecho; dice que, cuanto
más redondeadas, más precisión.
Le pega a una paloma al vuelo. No sé cómo
carajo hace, pero de cada cinco tiros acierta cuatro.
Luego recoge piedras de cuarzo, que se reparte por el resto de los
bolsillos. Dice que generan un campo electromagnético que lo mantiene activo y
lo protege.
—¿Y tú qué crees? ¿Le funciona eso?
—Yo qué sé. Pero el tipo anda descalzo en
pleno invierno, se mete al río con temperatura bajo cero, bebe muchas veces más
de la cuenta y nunca tiene ni un resfriado.
Carly pagó la ronda y se despidió con un “ya
nos veremos”.
De camino a la cabaña no me crucé más que con
una patrulla, que siguió con la vista todo mi trayecto hasta cerciorarse de que
entraba.
A la mañana solo circulaban los vehículos que
traían alimentos; eran los únicos que cruzaban las vallas de la carretera. No
se veía a ningún niño. No había clases. Los comercios estaban cerrados, salvo
los de alimentación y las farmacias. Los bancos también.
El Lucky, que había permanecido abierto durante la Revolución Libertadora y
durante todos los golpes de Estado que vivimos, incluido el del 76, tenía la
persiana a medio bajar. Para entrar había que agacharse.
Compré el pan y, al regresar, pasé por debajo
de la persiana para entrar en el bar. Solo estábamos dos, cada uno con su café
con leche, y las ventanas tenían las cortinas a medio cerrar. Aun así, se veía
bien la plaza.
El Loco llegó a la plaza con una sábana pintada. Con unas cuerdas la
enganchó desde el mástil de la bandera hasta un árbol. La frase decía:
“¡Tanti es libre! ¡Todos sus ciudadanos son
libres! ¡Aquí los espero!”
Después volvió a acomodarse en el mismo banco
donde había estado el día anterior, cuando derribó el dron. Apenas eran las
nueve de la mañana.
Un vecino que lo vio desde la ventana se acercó con un termo. Antes de las
once ya eran cuatro los que jugaban a las cartas en medio de la plaza. Otros
tres paseaban a sus perros.
Uno de los policías municipales se acercó a los que jugaban a las cartas.
Parecían un objetivo más fácil que el Loco, que llevaba la gomera al cuello y
jugueteaba con unas piedras en la mano.
—Señores, no pueden estar aquí. Van a tener que irse —dijo el joven policía,
un tipo de unos treinta años, fuerte y decidido.
—No jodas, Marek —dijo uno de los presentes—.
¿Te olvidas de que tu abuelo llegó aquí desde Polonia después de la guerra?
Estuvo en un campo de concentración. ¿No te enseñó nada? ¿O no aprendiste nada?
—Don Julián, ¿qué quiere que haga? Tengo
órdenes.
—Las mismas órdenes tenían los jóvenes que
encerraron a tu abuelo. ¿Y ahora, vos qué vas a hacer?
El joven se dio vuelta ante la mirada de su compañero, que observaba desde
lejos. Pasó junto a él sin decir una palabra. Su compañero lo llamó, pero no se
dio vuelta.
Caminó despacio hasta el cuartel, que quedaba
unas tres calles más allá, junto al viejo cine. Quién sabe qué cosas pensó
durante esos interminables trescientos metros. Cuántas palabras de su abuelo
recordó. O si realmente logró asomarse, aunque fuera un instante, al infierno
de aquella guerra vergonzosa.
Se dirigió directamente a la oficina de su jefe. Dejó la pistola sobre el
escritorio. Después fue a las taquillas, se cambió de ropa y devolvió el
uniforme.
No respondió una sola pregunta.
Llegó a su casa y recogió a su hijo de seis años, que como todos los demás
no había ido al colegio.
Veinte minutos después jugaban a la pelota en la
plaza.
A las trece horas el Lucky levantó la persiana. Ya no éramos tres sentados a
las mesas, sino una decena. Y otros seguirían llegando en los minutos
siguientes.
El dueño, ese anciano que siempre estuvo enamorado de mamá, puso música. Más
precisamente un tema de Peter Frampton que
repetía:
—Muéstrame el camino.
En la terraza había dos pequeños altavoces y
las canciones de los años ochenta ahora se escuchaban hasta la plaza.
Diez chicos jugaban un partido re picante
frente al mástil.
Después de comer, mucha gente tomaba café en
el Lucky. La terraza desbordaba como hacía tiempo no ocurría.
Unas horas más tarde ya no había vallas en las carreteras. Unos vecinos
habían llegado a caballo, por si hacía falta escapar por el monte, las habían retirado.
Cuando el intendente regresó de su reunión en la gobernación de Córdoba y
asomó a Tanti, encontró las entradas libres y se inquietó.
Pero al llegar a la plaza y ver semejante
fiesta, sonrió, aun sabiendo que aquello probablemente le costaría el cargo.
Hacía más de una hora que el Loco había
recogido su sábana. La enrolló como una alfombra persa, la arrojó a una
papelera y desapareció de la escena en silencio.
Para ese momento, Carlos y yo ya íbamos por la cuarta ginebra.



Retrocedí 60 años , me acuerdo de todo , 👏👏👏👏👏👏👏👏 el loco leía wichuville 🤣🤣🤣🤣 hermoso me emociona leerlo, te faltó contar cuando se me desbocó la yegua y me alcanzaste con tu cabayo .
ResponderEliminarQué hermoso viaje con este gran relato.. detalles que marcan un viajero inolvidable… no existen las coincidencias… hermoso planeta Tanti. Gracias gracias gracias
ResponderEliminarLindisimo...un placer leerlo.
ResponderEliminarMaravillosa prosa nostálgica que, en su simpleza, logra capturar al lector creando imágenes de un pueblo- que en mi caso no es conocido pero ahora sí- trasladando la vivencia y haciéndolo a uno sentirse parte de este relato. Felicitaciones Oscar Pirrone, llegué a sentir el olor de las hojas del libro, aunque lo he leido en el blogspot. Recoja un saludo mendocino anónimo para la colección.
ResponderEliminarSi es de Mendoza . Salud y gracias !!🍷🍷
ResponderEliminarHermoso relato....yo seria la loca...Gracias x mostrarmelo. Ile
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