El poster de Carolina
Hoy se fue.
Cuando teníamos siete u ocho años, yo iba a buscarlo a su casa para
arrancarlo de los libros que devoraba como un adulto. Mientras los demás
jugábamos en la calle, él no se asomaba. Pero yo iba con él todas las mañanas
al colegio y sabía perfectamente que estaba ahí dentro, leyendo como un poseso
enciclopedias, cuentos, revistas, cualquier cosa que cayera en sus manos. Lo
quería a morir. Muchas veces entendía poco de lo que me decía, pero no me
importaba. Me bastaba con estar con él.
Cuando conseguía sacarlo para jugar con los otros niños, socializaba
perfectamente. Tenía habilidad para eso; no era arisco ni antisocial. Lo que
pasaba era que le interesaban cosas que a los demás no. Intentábamos meterlo en
los partidos de fútbol, pero, por haber aprendido tarde, era bastante torpe.
Los niños crueles, tan fieles a la época, le hacían notar que era un “pata
dura”. Soportaba las burlas con una indiferencia que yo envidiaba. A veces las
terminaba soltándole a alguno una patada fuera de lugar. Pero como los partidos
del barrio eran duros, nadie se quejaba. Y las bromas cesaban.
Con los años, aumentaron las diferencias. Nosotros seguimos
jugando al fútbol y cambiando figuritas. Él ya había empapelado su habitación
con pósteres de coches y pilotos. Yo recuerdo dos: Mario Andretti en
Indianápolis y Jackie Stewart en algún circuito que ya no sabría nombrar. Pero,
entre tanto coche y tanto piloto, ella estaba allí. Como una princesa. Y lo
era. Carolina de Mónaco, con apenas dieciséis años. Era la chica a la que
miraba antes de dormir. Y yo, de tanto visitar su cuarto, terminé enamorándome
también de aquella princesa lejana.
Por entonces, las estanterías ya exhibían una buena colección de vehículos
en miniatura, fieles reproducciones de aquellos coches que soñaba y jamás
tendría. O al menos eso creía él. Lo nuestro ya no era solo amistad: era una
hermandad inquebrantable.
A la adolescencia entramos de golpe, descubriendo la música
transgresora y jugando a las cartas las noches de verano. Siempre en la esquina
baldía, por dos motivos: allí, frente a la huerta del tano Giovanni, no
molestábamos si hacíamos algo de ruido. Y, además, las esquinas eran los únicos
lugares algo iluminados. Unas bombillas que solo aparecían en las
intersecciones de las calles, cada cien metros, daban una luz amarillenta y
débil que apenas bastaba para distinguir las cartas.
Me hablaba del secreto de las pirámides, de la tierra hueca, de
un viaje a no sé qué luna de no sé qué planeta. Todo eso lo sacaba de libros
que había leído, mucho más allá de la colección de Julio Verne que ya había
devorado. Yo solía contestarle comentando algún capítulo de Star Trek, que me
tenía absorto todas las tardes a la misma hora. Hoy veo aquella serie, con sus
efectos especiales, y me da la risa.
Pronto empezó a perseguir a las chicas del barrio, y también a
algunas más lejanas, como queriendo encontrar a Carolina. Nunca la encontró. Y
por eso aquellas relaciones no pasaban de un mes.
La ciudad seguía apenas iluminada cuando terminamos la
secundaria. Todavía podían verse las estrellas y las luciérnagas, como ya no
volvimos a verlas nunca más. Los vecinos estiraban las charlas con las sillas
en la puerta de las casas, buscando la más mínima brisa, mientras quemaban pan
duro en una lata para espantar a los mosquitos. La política no asomaba en
aquellas conversaciones: en aquel tiempo no había políticos, solo militares que
se relevaban en la presidencia.
Qué rápido pasaron los primeros años de universidad. Apenas lo
vi entonces, cada uno absorbido por sus estudios y sus noviazgos, ya por
caminos distintos. Después llegó la llamada a filas. Luego la guerra, absurda y
cruel. Su viaje al frente. Y hoy, esta noticia triste: que no volverá.
Su madre me pidió que recogiera sus libros y su colección de
coches. Antes de partir al sur, le dijo: “Mamá, si no vuelvo, esto es para
Martín”. Lo había dejado todo embalado. Como si lo supiera.
Qué hijo de puta. Si lo sabía, ¿por qué no vino a despedirse con
un abrazo?
Estoy despegando el póster de Carolina. Ese me lo llevo sin
permiso. Y te prometo, amigo, que leeré todos tus libros.

Bellisimo!!
ResponderEliminarBello...hiciste revivir muchos instantes de mi infancia y adolescencia...y que decir de eae "no regreso de las islas" ...yo lo presencie ..un tren cargado de mis pares...faltaron 3....las lágrimas afloran cada vez que lo recuerdo
ResponderEliminarMuy bueno! Me dejaste con un nudo en la garganta!
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