Huemul
Hay ideas que sobreviven a los hombres.
Y hay hombres que pagan por no olvidarlas.
Walt Disney
Marzo de 1951.
Florencio me convocó a una reunión en un café de la Recoleta, frente al cementerio.
Mientras lo esperaba, veía pasar a las personas con sus ramos de flores. Eso me hizo
pensar en la muerte. Desde que me sentía en riesgo era un pensamiento que me visitaba
con más frecuencia.
Yo lo conocía de algunos eventos culturales, pero no teníamos una relación
estrecha, solo protocolaria.
—Mario, no sé cómo contarte esto, pero por esas cosas del destino, un simple
dibujante como yo está envuelto en un conflicto internacional, sin quererlo…
Florencio dejó la frase flotando en el aire, como si al no terminarla del todo
pudiera desactivarla. Miró la mesa, la veta de la madera, cualquier cosa menos a mí.
No respondí de inmediato. Me quité las gafas, las apoyé con cuidado exagerado
y suspiré.
—¿Conflicto internacional? —dije, sin ironía—. La última vez que alguien me
dijo algo parecido acabó pidiéndome que le guardara una maleta en la embajada de
Roma que no debía abrir.
—Ojalá fuera tan simple —dijo Florencio—. No hay maletas. Hay alemanes,
norteamericanos, reuniones secretas que no entiendo en toda su dimensión… pero algo
me dice que la cosa es relevante.
Le sostuve la mirada.
—¿Alemanes, Florencio? ¿Pobre gente huyendo de la guerra? ¿Reiniciando su
vida en algún campo de Corrientes o Entre Ríos?
Esbozó una sonrisa cansada.
—Frío, Mario. En la Patagonia. En Bariloche. Walt Disney me pidió que fuera
su traductor.
No dije nada, pero algo en mí se tensó.
—Al principio no entendí por qué no contrataba a un profesional —continuó—.
Después lo entendí: necesitaba discreción. Y los traductores profesionales nunca son
discretos.
Cuando escuché esas palabras, supe que no me iba a gustar lo que vendría.
Días antes, el 24 de marzo de 1951, Perón había hecho un anuncio que no pasó
desapercibido: “La Nación Argentina ha logrado dominar la liberación de la energía por
fusión nuclear… una fuente nacida del mismo principio que enciende las estrellas”. El
gobierno norteamericano interpretó aquello como una amenaza.
Y Walt Disney no estaba en Argentina para inspirarse en los arrayanes como en
su primera visita.
Florencio respiró hondo y empezó a contar.
—Nunca había estado en el sur. Una lancha nos recogió en un embarcadero
destartalado del Nahuel Huapi y nos llevó hasta la isla Victoria. Allí nos esperaba un tal
Ronald Richter, claramente alemán. Venía con otro hombre llamado Otto que conocía
bien los parajes. Ambos conocían a Wernher, el que acompañaba a Disney.
—¿Wernher? —pregunté.
—Sí. Wernher von Braun…
No dije nada. Pero ya sabía que esto no era una anécdota.
—… Nos sirvieron chocolate caliente. Y Walt me pidió que tradujera:
—Florencio bajó la voz, como si todavía estuviera allí— “No puede seguir adelante con
su investigación… mi gobierno considera esto una amenaza”.
Ronald palideció. Luego enrojeció de golpe.
—“No pienso detener el mayor hallazgo de la humanidad en los últimos cien
años”. Y ahí —continuó Florencio— Walt se giró hacia von Braun y le dijo: “Explícale
que sí se detendrá”.
Se hizo un silencio breve.
—Hablaron en alemán. No entendí nada. Pero al final Ronald bajó la cabeza.
Como vencido. Walt observaba el rostro de Ronald, descifrando sus microgestos como
solo un dibujante sabe hacerlo.
Florencio tragó saliva.
—Se despidieron con el saludo nazi. Wernher volvió todo el camino de regreso
murmurando.
No dije nada durante unos segundos.
—Oh, sí, Florencio —dije al fin—. Si eso pasó así… estamos en problemas.
—Eso pensé —respondió—. ¿Qué tengo que hacer?
Lo miré con calma.
—Olvida esta reunión. No vuelvas a ver a Disney. No atiendas llamadas en
inglés. Y no preguntes más.
—¿De verdad es tan grave?
Lo miré largo rato.
—Cuando recuerdas esa reunión… ¿Te pareció amistosa?
Negó con un gesto sutil.
—Entonces no estás exagerando.
Nos quedamos en silencio.
Ya no era un silencio vacío.
Era un silencio lleno de consecuencias.
Nos despedimos con un fuerte abrazo y no volvimos a hablarnos.
Tre Scalini
Año 1939.
Roma me maravillaba. Me encantaba sentarme en algún café de Campo de’ Fiori
o de la Piazza Navona, y fue justamente allí, en el Tre Scalini, donde quedé por primera
vez con Juan Domingo Perón.
Me llamo Mario Cinzano Saint Clair. Fui diplomático más por designación que
por vocación. Mi padre era italiano; mi madre, británica. Me crié en el Buenos Aires de
principios de siglo, en una casa donde cada uno de ellos me hablaba en su lengua
materna, solo los oía hablar en castellano fuera de ella.
Mi padre estaba convencido de que el francés, lengua de las cortes y de la
diplomacia del siglo XIX, volvería algún día a ocupar su lugar de privilegio. Según él,
lo anglófilo era una moda. Por eso me envió al liceo francés. Entre una cosa y otra,
terminé hablando cuatro idiomas con soltura. La ambición de mi padre y sus contactos
hicieron el resto. Yo era muy joven, y ya ocupaba un puesto envidiable en la embajada
argentina en Roma.
La llegada de Perón como agregado militar iba a torcer mi vida de una manera
que entonces ni sospechaba.
La plaza estaba, como todas las tardes, muy concurrida. Los hombres vestían
traje; muy pocos se permitían la falta de sombrero. La elegancia de los romanos hacía
que yo extrañara menos. Buenos Aires me seguía pareciendo la capital del mundo y de
la cultura. Pero yo estaba allí, sentado en una mesa junto a la ventana, en una plaza que
había sido un circo romano, en el centro de un imperio que seguía influyendo en la
realidad del mundo por medio de familias poderosas y viejas alianzas.
Lo vi entrar apenas cruzó la puerta. Tenía un porte avasallador. No era difícil
adivinar que era militar; mucho menos que era argentino.
Perón no había terminado de sentarse cuando empezó a hablar.
—Hola, Mario. Ya tenía ganas de verte fuera de la embajada, conversar un poco,
que me cuentes alguna cosa útil. Todo esto es nuevo para mí. Estoy acostumbrado a los
cuarteles. El mundo diplomático tiene otros registros.
—Hola, Juan. Bienvenido a este loco mundo de la diplomacia. Es cuestión de
mirar alrededor, hablar sin decir mucho, saludar a todos y decir que te encanta su país,
que todo aquí es mejor que en el tuyo. Hay que mentir un poquito.
Hizo una mueca, casi una media sonrisa, y fue enseguida al centro de lo que
quería decir.
—Mario, yo no soy diplomático. No tengo amigos aquí. Soy muy consciente de
que ser militar no me los va a generar dentro de la embajada. Soy una especie de adorno
entre los que hacen el trabajo. Pero no quiero que el tiempo que pase aquí sea
improductivo. Quiero aprovechar esta estancia, formarme en ciertos aspectos,
relacionarme, ser una parte activa. Y eso no me va a resultar posible sin apoyo. Necesito
apoyarme en alguien aquí para no ser un agregado más, pasando sin pena ni gloria. Sé
de dónde vienes, las relaciones que tienes con este país por tu padre, que eres buena
gente, y quiero poder contar contigo.
—Por supuesto, puedes contar conmigo. Todos pueden contar conmigo en el
equipo, y yo creería que también puedes contar con cada uno de ellos.
—Eso sabemos que no es verdad; no olvides que soy militar.
La frase bastaba para dejar claro que entendía bien la poca simpatía que
despertaba entre los diplomáticos.
—Cierto. Específicamente, ¿qué te propones? ¿Cómo puedo ayudarte, sin
comprometer mi carrera?
Mientras hablaba, se inclinaba hacia adelante sobre la mesa con una seguridad
que no era arrogancia todavía, pero se le parecía.
—Aquí están surgiendo ideas poderosas que tal vez cambien el futuro de la
política. Me interesa conocer este movimiento: cómo piensa la organización del Estado,
la movilización social, la estructura sindical y, por supuesto, el papel del ejército en la
política.
—Creo que puedo ayudarte en eso. Pero para hacerlo tendrás que relacionarte
con la gente adecuada.
Se apoyó en el respaldo de la silla y me clavó la mirada.
—Tengo especial interés en conocer a Galeazzo Ciano.
Aquello no parecía sencillo. Poner en contacto a un agregado militar argentino
con figuras sindicales, funcionarios o miembros de la administración laboral podía
lograrse. Sentarlo frente a Galeazzo Ciano era otra cosa. Había una diferencia de rango
demasiado evidente.
Tuve que emplear a fondo mis dotes negociadoras y, sobre todo, los lazos de
amistad de mi padre para conseguirle una reunión secreta de media hora. Algo tenía
Juan, y algo vio Galeazzo en él, porque aquella media hora terminó prolongándose más
de tres. De esa conversación nació una relación subterránea entre ambos que ya no se
interrumpiría.
Y, como en esas jugarretas del destino que uno no reconoce hasta mucho
después, fui yo el nexo, el eslabón de esa relación entre el fascismo y Perón.
Eso cambió mi vida para siempre.
La llamada
Año 1943
La cosa pintaba fea en Italia. En realidad, en toda Europa. Y yo seguía allí, en
medio de esa locura que se había apoderado del mundo.
No sé qué estúpido sentido de la responsabilidad me ataba a permanecer en
Roma. En julio habían comenzado los bombardeos sobre los barrios periféricos. Se
respetaban las piedras y los monumentos, pero los civiles morían por doquier. El
hambre había hecho acto de presencia y, aunque no nos afectaba directamente, era
imposible permanecer al margen de la masacre.
Yo no albergaba ninguna esperanza con la situación. La guerra estaba entrando
en su tramo final y, a esas alturas, ya no se trataba de quién vencería, sino de qué harían
los vencedores con los derrotados.
Por eso, cuando Juan me llamó desde Buenos Aires, comprendí enseguida que
no me estaba hablando solo de amistad.
—Mario, esto se termina. Y cuando termine, vendrá otra etapa. Hay gente muy
capaz entre los derrotados. La vida debe seguir, también para ellos. Ya bastante
vergüenza va a dejar esta guerra sobre la humanidad entera. Todos merecen una
oportunidad. Y yo te necesito aquí.
Aquella frase me quedó sonando. No hablaba solo de científicos ni de técnicos,
aunque seguramente pensaba en ellos. Hablaba de los vencidos con una simpatía que no
era casual. En Juan ya empezaba a perfilarse una idea que todavía no me confesaba del
todo, pero cuya dirección podía adivinarse.
—Estoy en deuda contigo —continuó— Eres mi amigo. Vente ya. Tendrás
mucho por hacer aquí.
Juan no era hombre de gastar palabras en sentimentalismos. Si me llamaba de
regreso en ese momento, era porque veía venir algo más grande que el final de la guerra.
En cuarenta y ocho horas partía de Italia rumbo a la Argentina.
Volví para convertirme, casi sin saberlo, en una de las piezas sobre las que Juan
Domingo Perón empezaría a construir su ascenso. Desde la Oficina de Trabajo,
entonces un organismo menor, hasta la Secretaría de Trabajo y Previsión, que asumiría
en diciembre de 1943. Desde allí empezó a transformarse en una esperanza para el
movimiento obrero y en una amenaza para la élite dirigente.
Nada de eso hubiera pasado igual si yo no hubiera regresado.
Fui útil desde las sombras. No como figura pública, sino como hombre de
confianza, como enlace, como alguien capaz de moverse donde otros no podían o no
sabían. Mi regreso no obedecía solo al derrumbe de Europa, sino a la intuición de que,
en medio de ese derrumbe, también se abría una oportunidad para la Argentina y para
ciertos hombres a los que el nuevo orden no pensaba perdonar.
Argentina era, por entonces, una isla dentro del caos mundial. Suministraba
alimentos cada vez más escasos y acumulaba riquezas. Algunas de esas riquezas, por
encargo, yo mismo me ocupaba de poner a resguardo en los destinos más impensados.
No sabíamos cuánto más duraría la guerra ni tampoco cuánto tiempo podría la
Argentina sostener su neutralidad. Pero Juan ya pensaba en lo que vendría después.
Y para ese después me había mandado llamar.
Alberdi bajo la parra
La guerra terminó el 8 de mayo de 1945. Para entonces, yo llevaba meses
trabajando en las sombras para Juan Domingo Perón.
Lo que en 1943 había sonado como una intuición —esa idea suya de que entre
los derrotados había hombres valiosos y que la vida debía seguir también para ellos—
ya se había convertido en una operación concreta.
Y en una operación peligrosa.
Mientras los vencedores organizaban los juicios de Núremberg, nosotros
organizábamos rutas de escape.
No éramos los únicos.
Estados Unidos habían puesto en marcha su propio plan: el Paperclip. Se
llevaron a muchos de los mejores. Entre ellos, al más famoso de todos, Wernher von
Braun.
Nosotros llegamos después. Con menos medios. Pero no sin ambición.
Conseguimos traer a algunos.
Hombres que sabían construir aviones, diseñar alas imposibles, pensar la
aerodinámica como si fuera una forma de arte.
Pero no eran nombres.
Eran hombres derrotados.
Los recibí en Rosario, a orillas del Paraná. Llevaba horas lloviendo, las aguas
rojizas del río arrastraban numerosos camalotes, señal que estaba creciendo. Bajaron de
una embarcación menor después de navegar por cursos secundarios del delta.
Estaban exhaustos. Demacrados. Delgados.
Habían dejado atrás una guerra. Y no sabían muy bien qué iban a encontrar.
Decidí darles algo que no esperaban.
Un patio.
En el barrio de Alberdi.
Bajo unas parras armamos una mesa improvisada: caballetes, una tabla larga,
vino y carne a las brasas.
Al principio comieron en silencio. Después empezaron a hablar. A reír. A llorar.
No veía ingenieros ni científicos.
Veía hombres.
Uno de ellos, un telegrafista llamado Heinz Demmler, no dejaba de repetirlo:
—En esta ciudad me quedo… debajo de esta parra quiero vivir…
Era la primera vez, en mucho tiempo, que algunos de ellos volvían a sentirse
personas.
No todos los traslados fueron así de simples.
El caso de Ronald Richter fue distinto.
Decía poseer la clave para la fusión nuclear.
Su salida de Europa fue un laberinto: primero debimos esconderlo en Piamonte,
en una bodega de mis primos; luego lo embarcamos en un carguero que cruzaba el
Atlántico entre Génova y Buenos Aires.
Bajó en Bahía Blanca.
De allí fue trasladado a Bariloche.
Aislado. Esperando.
Mi viaje con Perón hasta el sur para entrevistarnos con Ronald no fue sencillo.
El avión se movía demasiado, pero no era eso lo que me inquietaba.
Eran sus ideas.
—Vamos a convertir a la Argentina en una potencia mundial, Mario. No solo un
país rico. Una potencia científica y militar.
—No alcanza con tener unos cuantos cerebritos —le dije—. La geopolítica
existe.
—No se trata de una bomba —respondió—. Ya lo entenderás cuando hablemos
con él.
No me tranquilizó.
Llegamos en el más absoluto secreto. Un coche civil nos llevó hasta el refugio
de Otto Meiling, al pie de la cordillera.
Richter estaba allí. Aislado del resto. Esperando.
La reunión fue breve.
Perón no confiaba en el traductor.
Yo sí.
Pero mi confianza no le bastó para salvar la vida No volvió del viaje.
Cayó del avión en pleno vuelo sobre la Patagonia.
A partir de ese momento supe que yo era el único testigo. Y que sabía
demasiado.
Perón creyó en Richter. Sin reservas.
Y lo puso al frente del proyecto más ambicioso de todos.
La isla Huemul.
Un lugar aislado, prácticamente inaccesible, perdido en el lago.
El secreto que allí se intentaba dominar era simple de enunciar y casi imposible
de lograr:
la fusión nuclear.
En la banda Oriental
Abril de 1951
No mataron al mensajero.
Pero estuvieron cerca.
Cuando decidí hablar con Juan sobre la injerencia norteamericana, ya sabía que
no iba a ser una conversación fácil. Lo que no imaginaba era que sería el final.
—Juan, tenemos un problema. Nadie ve con buenos ojos nuestra entrada en el
desarrollo nuclear. Tú eres un militar que se declara fuera del eje de los aliados, que
habla de una tercera posición… eres una amenaza. Y estás en un país enorme, lleno de
recursos.
No respondió de inmediato. Me miró como si yo fuera uno más de sus
subordinados.
—Lo hemos llevado bien hasta ahora, Mario. No veo el problema.
Ahí entendí que ya no estaba hablando con el hombre que conocí en Roma.
Pensé: qué desagradecido. Y aún no había empezado.
—Han pasado cosas que no sabes —continué—. Los norteamericanos están
presionando a Ronald Richter. Tu anuncio les cayó como una patada en los huevos.
Me detuve un instante. Evalué su gesto. Impenetrable. Me hizo una señal para
que continuara hablando.
—Tengo dudas de que Richter quiera seguir. Tiene miedo. Y si seguimos… la
verdad es que el miedo lo tengo yo.
Imagen 11( pie de foto : Ronald Richter y JD Perón)
Su expresión cambió.
—¿Qué propones? ¿Qué tiremos todo por la borda? ¿Todos estos años?
¿Huemul? ¿Los ingenieros? ¿El desarrollo?
Había perdido la calma.
—No sé qué hay que hacer —le dije—. Pero así no nos van a dejar. Ya
mostraron sus cartas. No enviaron a un espía… mandaron a Walt Disney con Wernher
von Braun.
Ahí explotó.
—¡No me jodas! ¿Cómo es que yo no sé nada de esto? ¿Cuándo pasó? ¿Acaba
de pasar? Hay que detenerlos antes de que salgan del país.
—Ya se fueron, Juan. Fue la semana pasada.
El silencio que siguió no era de duda. Era de furia.
—Estos yanquis me la van a pagar. ¿Quiénes se creen que son?
En ese momento yo quería desaparecer. Explicarle la realidad era mucho más
difícil que enfrentarlo.
—Juan… lo de la fusión hay que pararlo. Es eso o se llevan puesto el país.
—¿Ah? ¿Sí? ¿Y cómo lo van a hacer?
—Encontrarán la manera.
Ahí terminó todo.
—Eres un cobarde, Mario —dijo—. ¿Cómo me pides que detenga todo esto?
No respondí.
—Eres el presidente —le dije al final—. Estás solo con esa decisión. Yo no voy
a poder ayudarte en lo que viene. Suerte, Juan.
No dije “amigo”.
Me fui. Lo dejé mascullando bronca y bebiendo un whisky que nunca fue bueno.
No volvió a llamarme.
Su secretaria me comunicó, días después, que por “razones estratégicas” debía
tomarme unas vacaciones. Me sugirieron Uruguay.
Y allí fui. De vacaciones.
Y vigilado.
No me faltaba nada. Pero ya no estaba en el juego.
Lo que ocurrió después me lo contaron otros.
La repatriación de Balseiro y su informe descalificando a Ronald Richter. Su
descrédito. El final del proyecto de fusión.
Después vino lo otro.
El golpe de 1955. La caída.
El desmantelamiento de la industria aeronáutica.
Los alemanes se dispersaron como si nunca hubieran estado: India, Alemania,
Inglaterra, Estados Unidos fueron sus destinos.
Todo nuestro trabajo se filtró por las rendijas del poder real.
Desde la distancia entendí algo. No habíamos perdido solo un proyecto.
Habíamos perdido la partida.
Ronald Richter terminó viviendo como un ciudadano escondido en un pueblo. El
único ingeniero extranjero del proyecto emigró a Portugal. Balseiro murió a los cuarenta
y dos años, de una enfermedad prematura y sospechosa.
Nunca supe si la caída de Huemul fue una genialidad para salvar a Perón y lo
que quedaba del desarrollo nuclear… o una derrota disfrazada.
Quizá ambas cosas.
Nunca volví a hablar con Juan.
Hoy envejezco en la Banda Oriental, entre recuerdos, tardes de pesca y alguna
conversación ocasional con historiadores que saben menos de lo que creen.
Aprendí que el destierro y el olvido son, en el fondo, la misma cosa.
Colonia, Uruguay. Mayo de 1977



Qué bueno Oscar!!! Me gustó muchísimo.
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