Almodóvar, Bibi Andersen y el chico
de las Almendras
Con aspecto de
ibicenco de adopción, bronceado caribe y pantalón de lino blanco. A veces
coleta y otros días diadema, al mejor estilo Gamboa. Una simpatía desbordante.
Camisas holgadas con tonos pasteles. Así andaba él tratando de seducir al
planeta.
Ni
un centavo en el bolsillo e inmensamente rico, porque la pobreza es un estado
del espíritu, se puede no tener dinero y ser inmensamente rico.
Un
proyecto de negocio pobre, pero bien gestionado. Un esfuerzo inconmensurable de
horas y correcciones diarias. Un inicio poco alentador que le llevaba a
repetirse una y otra vez: “No pienses, trabaja duro, más duro. No pienses hoy.
Si sumas y restas, y haces cálculos de cuándo este proyecto será un gran
negocio abandonas ya “.
No
era tiempo de pensar, sólo de trabajar y hacer cada día algo para mejorar la
realidad del próximo día por llegar.
Trabaja,
trabaja y cada día mejorará algo.
Malabarismos
financieros que llevaban a bifurcar las estrategias. Por un lado, un proyecto
para hacer a medio y largo plazo. Por otro lado, la necesaria inmediatez del
dinero y el flujo de caja, para algo tan elemental como ponerle gasolina al
vehículo. En esta disyuntiva andaba el equilibrista, decidiendo dónde poner el
esfuerzo, sin olvidar que para la jornada de mañana había que tener las
miserables pesetas necesarias para llenar el tanque y salir a trabajar.
El
perfecto funambulista caminaba entre la visión de un proyecto ambicioso, y la
necesidad imperiosa a cortísimo plazo, recordando que hace poco compartía
noches con lo más del cine español. Hoy andaba por los bares del extrarradio
hasta altas horas de la noche, para vender almendras y semillas de girasol que
acompañen las cervezas, y así juntar el cash necesario para llenar el tanque
del 309. Las horas de luz para el proyecto y la penumbra para juntar el dinero
para el combustible.
Cinco
bolsas de pipas de 5 kilos, igual a mil pesetas de beneficio. Era lo mínimo que
debía vender y cobrar, para poder trabajar la siguiente mañana con el
automóvil. Era difícil vender las 5 bolsas, pero más difícil era venir con ese
look pasada la medianoche y explicar que había estado trabajando desde las 7
am, un rato en una cosa y otro rato en otra.
Además,
para un proyecto, que miraras por donde lo miraras parecía bastante escaso para
hacerte un hombre adinerado. Y entonces se repetía “Hoy trabaja, no pares,
trabaja unos cuantos meses y mejora cada día un poco este proyecto. Ya habrá
tiempo para pensar en cómo hacerlo más grande y ambicioso, pero no lo evalúes
hoy que abandonas “.
Una
noche en post del efectivo llegó a Felumica, un bar que era un icono en la
noche de Madrid. Una factura de dos bolsas de almendras de 2.300 pesetas que
había que cobrar en el bolsillo trasero, era temprano y el bar estaba cerrado.
Dentro estaban Almodóvar, Bibi Andersen y toda la troupe del cine. Él acudía
con la intención de cobrar, y lo recibieron a los besos y abrazos. Ante
semejante bienvenida, no se animó a convertirse en el muchacho de las
almendras, era bastante vergonzante. Se tomó una cerveza y se fue sin cobrar.
Iba por 2.300 pesetas y salió con menos dinero del que entró, pero no pudo ser
el chico de las almendras. Ese papel era para las horas sin luz, y allí él
brillaba más que el sol.

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