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Ignacio

 

La traición amenazaba con hacer saltar por los aires uno de los proyectos más importantes de nuestro futuro.

Lo peor no era el dinero.

Lo peor era que tenía que sentarme delante de Ignacio y Raúl para explicarles que el hombre que nos había presentado para constituir la joint venture, el nexo que había unido a las dos partes y que aspiraba a convertirse en socio de la futura empresa, me había robado.

No sabía cómo abordar aquella conversación.

Ellos tenían invertidos cincuenta millones de pesetas en mercancía. Yo sabía cómo venderla; ellos sabían cómo financiarla e importarla. Hasta ese momento todo había funcionado.

Pero la confianza acababa de recibir un misil en la línea de flotación.

¿Cómo les explicaba que la persona que nos había unido era precisamente quien acababa de romperlo todo?

—Ignacio, Raúl, tengo malas noticias.

Lo solté así, sin previo aviso y con el mejor talante que fui capaz de reunir.

Quizá no estaba teniendo suficientemente en cuenta que ellos tenían mucho dinero invertido en aquella operación y apenas conocían el negocio. Estaban acostumbrados a mover papeles en los despachos, no mercancías.

La primera vez que vieron el volumen que ocupaban setenta mil kilos de orégano casi se desmayan.

Continué:

—Nuestro amigo en común nos ha robado. Yo no voy a formar parte de una sociedad en la que él esté.

Y guardé silencio, esperando que alguno de los lo rompiera.

—¡Que los parió! Hay mucho dinero invertido en esto —dijo Ignacio.

Era, con diferencia, el más vehemente de los dos y quien tenía más peso dentro de la organización. No intentó disimular su disgusto. O quizá era preocupación.

—No tiene por qué haber problemas. Solo digo que yo no voy a entrar en una sociedad con él. No estoy diciendo que el proyecto no pueda seguir adelante. Os estoy contando lo que ha pasado y ahora quiero escuchar qué pensáis hacer.

La confianza acababa de recibir un misil en la línea de flotación. Hasta ese momento habíamos operado sin demasiados problemas porque las líneas de crédito eran suyas y trabajábamos a través de una empresa en la que nosotros no teníamos participación. Pero estábamos a las puertas de constituir la nueva compañía y repartir las acciones.

Y aquella noticia era un desastre.

Raúl era el más tranquilo de los dos y fue el primero en hablar sobre cómo seguir adelante.

—Aquí tú aportas el negocio y nosotros la financiación. Él no aportaba nada más que habernos presentado y acompañarte en las primeras reuniones. Todo eso a cambio de un diez por ciento de la futura sociedad.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Vamos a seguir trabajando como hasta ahora. Pero la constitución de la nueva empresa y el reparto de acciones tendrán que esperar. No es el momento. Imagino que comprenderás nuestras reticencias.

Y las comprendía perfectamente.

Yo tenía pocas posibilidades de negociar nada. Todo estaba a nombre de ellos y, en gran medida, dependía de su buena voluntad.

—Me parece bien. Demos un tiempo. ¿Qué tal seis meses? Y si todo sigue funcionando, constituimos la empresa: cincuenta por ciento para vosotros y cincuenta para nosotros.

—Bien, entonces todo sigue igual que hasta ahora. Y este no vuelve a pisar por aquí —sentenció Ignacio.

—No creo que tenga cara para venir.

Había sido un mal trago contarlo.

No había terminado en una catástrofe, pero la traición tenía consecuencias. La constitución de la nueva empresa quedaba aplazada y, hasta nuevo aviso, el negocio, nuestro conocimiento y nuestro trabajo seguían generando valor en una compañía que no era nuestra.

No nos salía gratis la traición.

Nos estaba saliendo carísima.

Pasaron los seis meses y la constitución de la empresa seguía sin llegar.

Cada vez que sacábamos el tema aparecía una nueva razón para esperar un poco más. Yo pensaba que seguían arrastrando las dudas que había provocado la traición de nuestro antiguo socio.

Lo que no sabía era que ellos también tenían sus propios problemas.

Su principal cliente, que representaba cerca del cuarenta por ciento de su facturación, los estaba presionando para que trabajaran en exclusiva para él. Comparado con aquella amenaza, nuestro conflicto podía esperar.

Y así, mientras nosotros aguardábamos la constitución de la empresa, ellos intentaban resolver una batalla mucho más importante para su supervivencia.

Toda situación es susceptible de empeorar.

La única solución que encontraron fue dividir una sociedad que había tardado años en construirse.

Raúl se quedó con el principal cliente de la compañía, responsable de cerca del cuarenta por ciento de la facturación, y trasladó su actividad a Canarias, donde tenían la filial más importante.

Ignacio permaneció en Madrid al frente de la empresa matriz, pero había perdido una parte fundamental del negocio. La caída de ingresos y la nueva situación financiera le obligaban a replantearse muchas cosas.

Entre ellas, nuestra aventura conjunta.

Y si quería recuperar el equilibrio financiero, tendría que salir de ella cuanto antes.

Y todas las ideas que se le ocurrían para salir del negocio eran disparatadas. El miedo y las prisas nunca fueron buenos consejeros.

Yo habría preferido negociar con Raúl. Sabía cómo hablar estos asuntos con un cordobés.

Lo que no sabía era cómo negociar con un vallecano criado en uno de los barrios más duros de Madrid cuando tenía prisa por vender.

Todos los caminos conducían al desastre.

Malvender los productos significaba tirar por tierra años de trabajo. Habíamos construido una marca, abierto distribuidores por todo el país y ganado la confianza de clientes que no aparecían en ningún balance, pero que eran el verdadero valor del proyecto.

Ignacio no veía nada de eso.

Solo pensaba en una cosa: tenía que salir de aquella inversión y tenía que hacerlo cuanto antes.

Lo que no entendía era que aquello no era un piso que pudiera vender de un día para otro. Había demasiada mercancía, demasiados compromisos y demasiado trabajo detrás. Incluso liquidando todo, tardaríamos muchos meses en recuperar el dinero.

¿Y recuperar cuánto?

Esa era otra pregunta para la que nadie tenía una buena respuesta.

Y aquí me enfrenté a uno de los dilemas morales más complicados de toda mi vida empresarial.

La inversión era suya, pero el proyecto era mío.

El dinero lo había puesto él. Nosotros habíamos puesto los años de esfuerzo, los proveedores, los clientes, los distribuidores y la marca que habíamos construido poco a poco.

Si le dejaba decidir libremente, perderíamos todos.

Él perdería buena parte de su inversión. Mínimo la mitad.  Nosotros perderíamos años de trabajo.

Y, sin embargo, el dinero seguía siendo suyo.

Debía decidir rápido antes de que el desastre fuera inevitable.

Todavía conservaba el control sobre la facturación y las salidas de mercancía. Y tomé una decisión.

Facturé a nuestra distribuidora la totalidad del stock, con un margen del diez por ciento de beneficio, y ordené la salida de toda la mercancía de sus instalaciones.

Cuando terminé, me fui directo a la oficina de Ignacio.

Sabía que aquella conversación iba a ser incluso peor que la vez que tuve que sentarme delante de ellos para contarles que nos habían robado.

Me senté y antes de que me empiece a hablar de planes para vender rápido la mercancía le dije:

—No puedo permitir que hagas un desastre. Tú te juegas perder dinero y recuperar solo una parte de tu inversión. Nosotros nos jugamos años de trabajo.

Ignacio escuchaba en silencio, sin inmutarse.

Tenía un café sobre la mesa. Se fue enfriando mientras yo hablaba.

No me ofreció uno.

Siempre lo hacía.

Cuando se ponía duro, era muy duro. Metía un poquito de miedo, incluso físico.

—¿Y qué vas a hacer para impedir que ponga tres vendedores y salga a liquidar las existencias? —me preguntó, mirándome con desafío.

Fue entonces cuando comprendí que aquello ya no era una discusión sobre números. Necesitaba quitarse ese problema de encima para poder concentrarse en todo lo demás que se le venía encima.

Llegué a pensar que, si estaba dispuesto a malvender toda la mercancía, quizá ni siquiera era una cuestión de dinero.

Nunca lo sabré.

Yo estaba en aquellas dependencias pegadas a la zona de cargas del aeropuerto a punto de descomponerme.

Yo estaba en aquellas oficinas pegadas a la zona de carga del aeropuerto, a punto de descomponerme.

—Te respeto mucho y no quiero traicionar tu confianza. Pero tampoco puedo permitir que, por las prisas, tiremos años de trabajo por la borda.

Amagó con interrumpirme, pero levanté la mano para detenerlo.

Aquella vez me tocaba hablar a mí.

—El dinero está barato. No llega ni al uno por ciento anual. He sacado toda la mercancía de las naves y la he facturado a mi empresa con un diez por ciento de beneficio para vosotros.

Abrí la carpeta que llevaba conmigo y la dejé sobre la mesa.

—Aquí tienes doce talones. Uno por cada mes. El primero tiene fecha de hoy.

Por primera vez desde que entré en el despacho, guardó silencio.

Me miró fijamente, sopesándome. Ya me conocía bastante en este año y pico que trabajábamos y sabia mucho de como hacia las cosas.

Continue:

—Créeme, es la mejor solución.

Señalé los talones que seguían sobre la mesa.

—Recuperas toda la inversión, ganas un diez por ciento y te olvidas del problema. Nosotros nos rearmamos, seguimos trabajando y, cuando podamos, construiremos nuestra propia importadora.

Hice una pausa.

—No estoy intentando perjudicarte. Estoy intentando evitar que los dos cometamos un error.

—¿Y si no puedes pagarme?

En realidad, la propuesta era tan buena para él que aquella era la única preocupación razonable que podía tener.

—Hoy tienes el primer pago. Y si alguna vez tuviera un problema, te llamaría para pedirte que aguantaras algún cheque unos días. Pero no va a ser necesario.

Me sostuvo la mirada unos segundos.

—Bien, así quedamos, Óscar.

—Gracias por todo.

Y así quedamos.

Durante muchos años siguió acercándose a saludarme cuando coincidíamos en la Feria Gourmet. Siempre cordial, siempre correcto.

Hace mucho tiempo que no lo veo.

 

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