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Tilcara ( Continuación de un tipo complicado)

 



Esa misma noche tomé un avión a Salta. Tenía previsto visitar algunas bodegas de Cafayate, pero la verdad era otra: no quería pasar mi cumpleaños solo en Buenos Aires.

Además, el treinta de mayo tenía para mí una tradición difícil de romper. Aquella vez los toros quedarían postergados.

Llegué a Salta entrada la noche y dormí allí. Había alquilado un coche y decidido pasar mi cumpleaños en algún lugar de la Quebrada de Humahuaca. Sin pensarlo demasiado, elegí Tilcara.

El disgusto de la reunión del día anterior seguía acompañándome cuando salí temprano de Salta rumbo al norte.

Poco antes de llegar a Purmamarca encontré la Ruta 9 cortada. Era el paso obligado hacia Bolivia y el tráfico comenzaba a acumularse a ambos lados del bloqueo.

Detuve el coche y me acerqué a un policía.

—¿Qué ocurre, agente?

—Los maestros del colegio Pedro de Goyena cortaron la ruta.

—¿Y por qué?

—Están reclamando algo al gobierno. No sabría decirle exactamente qué.

Volví al coche.

Durante más de una hora permanecí detenido en medio de la nada. Frente a mí, los colores imposibles de la montaña. A un lado, el cauce casi seco del Río Grande.

Por primera vez desde la reunión con Ambrosio dejé de pensar en contratos, exclusividades y marcas.

Me limité a contemplar el paisaje.

Y a recordar cuánto tiempo había pasado desde mi primer y único viaje a aquellos parajes.

Tenía quince años. Las rutas eran de tierra y, por entonces, todo aquello me parecía pobreza, polvo, hambre y atraso.

La verdad es que no había cambiado demasiado. Si soy sincero, probablemente no había cambiado casi nada.

Sin embargo, mis ojos sí habían cambiado.

Aquellas mismas montañas que de adolescente me habían parecido áridas y hostiles ahora me resultaban fascinantes. Había belleza en sus colores, en su inmensidad y en su silencio.

Más tarde descubriría que lo mismo me ocurría con la gente.

La ruta se despejó, los coches comenzaron a avanzar y decidí detenerme en Tilcara. Ya vería más tarde si continuaba hasta Humahuaca o no.

Visité el Pucará y sentí algo difícil de explicar. El guía, un indio de la zona, se encargaba de añadir épica a cada piedra y a cada sendero. Yo seguía arrastrando los pensamientos de la reunión del día anterior. Cada tanto reaparecía la cara de Ambrosio entre las ruinas.

También empecé a notar la altura.

Entre el apunamiento, las historias del guía y los fantasmas del viejo cementerio indígena, juro que empecé a sentirme extraño.

—Un té de coca y asunto arreglado —sentenció el hombre.

Al pie del Pucará encontré una humilde tienda de artesanías con un par de mesas. Allí me sirvieron el té.

Por la noche cené un plato de ravioles y bebí casi una botella de vino. Era mi cumpleaños y estaba solo en un rincón perdido de Jujuy intentando olvidar a Ambrosio.

Me acosté temprano convencido de que me dormiría enseguida.

Había hecho todo mal.

Estaba enojado, había comido demasiado y bebido más de la cuenta. Me encontraba a más de tres mil metros de altura y cumplía años lejos de casa.

Y para completar el cuadro, estaba convencido de que varios espíritus del Pucará se habían venido conmigo al hotel.

Tumbado en la cama tenía más de ciento veinte pulsaciones por minuto.

Decidí hablar con ellos.

—Si me muero aquí, mejor que en la plaza de Las Ventas. Pero si es posible, les agradecería que me dejaran tranquilo y volvieran a sus lugares.

Ninguno respondió.

Por suerte.

De regreso me detuve en Purmamarca.

Me acerqué al colegio, pero los maestros y los alumnos ya no estaban. Unos albañiles me indicaron dónde vivía la directora, de apellido Vilches.

Su casa quedaba a poco más de cien metros de la escuela.

Golpeé las manos y salió una mujer que me recordó a una Mercedes Sosa joven, aunque más agraciada. Me observó con desconfianza.

Le expliqué que vivía en Madrid, que tenía una pequeña empresa alimentaria y que estaba recorriendo la zona. Le conté que el día anterior me había encontrado con el corte de ruta y que quería entender qué reclamaban los maestros.

Tardó unos minutos en confiar.

Mucho tiempo después supe que una de sus hermanas había desaparecido durante la dictadura.

Entonces comprendí mejor aquella primera mirada.

Cuando finalmente se relajó, me explicó el motivo de la protesta.

—Tenemos un comedor escolar. Muchos de estos niños hacen aquí la única comida del día. Por las noches no cenan en sus casas.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—El gobierno nos envía recursos equivalentes a medio litro de leche diario por alumno. Con eso tenemos que hacer milagros.

No parecía una mujer acostumbrada a quejarse.

Precisamente por eso me impresionó.

—Gracias por explicármelo —le dije—. Veré si puedo hacer algo.

Ella asintió con educación, sin demasiado entusiasmo.

—Por cierto, este año el colegio cumple cien años.

Sonreí.

—Mire qué casualidad. Ayer fue mi cumpleaños y usted consiguió que lo pasara una hora detenido en la ruta.

Por primera vez la vi reír.

—Veré si puedo hacer algo por el colegio.

Sospecho que recibió aquellas palabras como tantas otras promesas que habría escuchado de políticos y funcionarios.

Pero yo no era político.

Y el mundo de los alimentos era el único que conocía bien.

 

Años después volví a Purmamarca. Para entonces el pueblo se había transformado en un importante destino turístico. Hoteles, restaurantes y puestos de artesanía ocupaban buena parte de las calles.

Sin embargo, el tesoro más valioso que conservo de aquellos viajes no es ningún poncho ni ninguna fotografía.

Son los libros de Fortunato Ramos que compré.

Todavía conservo aquellos libros en mi biblioteca.

Cada vez que los abro vuelvo a Purmamarca, a la directora Vilches, al viejo Pucará y a los caminos de la Quebrada.

Entonces recuerdo algo que tardé muchos años en comprender: el verdadero patrimonio del norte argentino no está en sus montañas.

Está en su gente.

 

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