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Mundial de veteranos

 


Rojito me había llamado un año antes del evento.

—Oscarcito, el año que viene vamos a ir a Canarias a jugar un torneo de fútbol de veteranos.

Eduardo Rojo es de los pocos que no me llaman Negro. Él siempre me llama por mi nombre o por algún diminutivo.

—¿Quiénes van a venir?

Me sorprendió que hubiera conseguido mi teléfono móvil. Por aquella época no éramos muchos los que teníamos uno.

—Es el equipo del colegio, aunque un poquito reforzado, eso sí. Muchos ya no juegan tanto.

—¿Los dos cursos? —pregunté.

—Sí, los del A y los del B. En realidad, del A solo van Adrián y el Chueco. Y del B, Manuel, el Loco —que viene desde Río Gallegos—, un amigo suyo, Sergio, que no va a jugar, pero viene igual, y vos. Los demás no los conoces. También viene el Gato Andrada, que vive en Las Palmas desde que atajó allí. Va a ser el arquero, así que no llevamos ninguno desde aquí.

—No sé si Manuel va a querer jugar si hay un arquero que fue de Rosario Central.

Nos reímos los dos y le confirmé mi asistencia. Le pedí las fechas y compré los pasajes con un año de anticipación.

Hacía más o menos veinte años que no compartía tiempo con ellos. Mucho menos una cancha de fútbol.

Cuando llegó el momento del viaje, había estallado lo de Ignacio. Había que desarmar la Joint Venture, hacerse cargo de aquel caos, gestionar unas instalaciones desbordadas y asumir el salto de convertirnos en importadores.

Todo un Tetris que requería concentración, tiempo y esfuerzo.

Y yo, con los pasajes comprados desde hacía un año y unos amigos con los que había compartido la primaria y la secundaria esperándome para semejante aventura.

Le dije a mi socio que me iba y, en medio de aquel caos, me fui a Las Palmas.

Manuel y Sergio dormían en mi habitación. Eso sí, si yo los dejaba. Me despertaba antes de que saliera el sol y el teléfono no dejaba de sonar. Cuando no estaba atendiendo llamadas, era yo quien las hacía.

Así transcurrieron los primeros días: entre partidos de fútbol, comidas y problemas empresariales que habían viajado conmigo hasta Canarias.

Pero la crisis llegó cuando fuimos a comer a ese hermoso puerto marinero que es Mogán. En un lugar así, lo lógico era pedir pescado. Para todos, menos para el Chueco, que pidió una hamburguesa.

Estábamos a casi una hora de Las Palmas, con el tiempo justo para regresar al hotel y llegar al partido. Sin embargo, mis amigos seguían pidiendo chupitos y postergando la salida. Eso sí, aseguraban que habían venido a ganar el torneo.

—Una ronda más y nos vamos.

—No vamos a llegar.

—Sí llegamos, no pasa nada.

Yo miraba el reloj y hacía cuentas. Ellos pedían otra ronda.

Los ochenta y tres kilómetros de autopista que nos separaban de Las Palmas estaban colapsados por camiones de reparto y coches de turistas.

Yo llevaba uno de los vehículos. Rojito conducía el otro, aunque por más ráfagas de luces que le hacía, el tipo no pasaba de cien kilómetros por hora, para mi absoluta desesperación.

—Cuando lleguemos al hotel, para no perder tiempo, recojan los bolsos y bajen. Yo me quedo aquí en doble fila. Bájenme el bolso y las vendas que están sobre la mesita de luz. Si me pongo a buscar aparcamiento y después tenemos que cambiarnos, no llegamos y nos van a descalificar.

—Mejor nos presentamos y pedimos unos minutos para cambiarnos —propuso alguno.

Todos asintieron.

Pero el tiempo que tardaron en bajar ya empezaba a anticipar lo que estaba por descubrir.

Aparecieron todos con los pantalones cortos, los botines puestos y la camiseta del equipo. Mientras tanto, a mí me habían dejado en el coche como a Gutiérrez, el chofer de Gold Silver.




Tiraron los bolsos en el maletero y el sureño me pasó las vendas desde el asiento de atrás.

Como yo iba conduciendo, se las devolví.

— Llévalas vos.

Cuando llegamos al estadio, los dejé en la puerta de entrada, pero no había un maldito sitio donde aparcar.

Llegábamos tardísimo. Mis compañeros ya estaban cambiados y listos para entrar al campo. Yo echaba espuma por la boca sabiendo que no iba a poder salir de arranque. Ni siquiera me había cambiado. Y, para colmo, tuve que dejar el coche a unos doscientos metros de la entrada.

Cuando llegué corriendo al banquillo, los dos equipos ya estaban calentando. El árbitro estaba listo para dar la orden de inicio.

Sin pasar por el vestuario, empecé a cambiarme allí mismo, delante de todo el mundo.

—Loco, dame las vendas.

—Las dejé en el coche.

—Pero si te pedí que me las llevaras.

—Las dejé en el coche.

Se me quitaron las ganas de jugar.

Me cambié ya con tranquilidad, esperando poder jugar al menos un rato del segundo tiempo.

No dije una sola palabra en todo el partido ni después de él.

Por la noche, durante la cena, no pude evitarlo.

—Yo necesito que ustedes me digan cuál es el objetivo de este viaje. Si quieren ganar el torneo o simplemente pasarla bien. Porque si la idea es pasarla bien, entonces yo no me caliento. No me importa si llegamos tarde, si están bebiendo de más antes de un partido o el equipo que armamos para jugar. Pero si de verdad quieren ganar el torneo, como dicen, entonces no podemos hacer lo de hoy.

—Ah, no, negro... vos estás muy estructurado.

Me lo soltó Manuel.

Y fue exactamente en ese instante cuando entendí que mis amigos eran los mismos de siempre, pero yo ya no.

Su frase me descolocó porque era cierta. Hacía años que yo ya no sabía vivir sin prioridades, sin objetivos y sin un plan para alcanzarlos.

 

 

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